24 de febrero de 2005

Hombres, islas


Isla dibujada en la nieve Posted by Hello

Cae la nieve y borra todo de blanco. Cae la nieve y podríamos recomenzar: un paso, una mirada, una historia nueva de nosotros. Nieva como si nada hubiese sucedido, como si fuésemos de nuevo unos recién llegados. Nieva y los copos disparan otra vez nuestra sonrisa. Todo está blanco, casi infinito, de nubes, de tierra, de una memoria algo más dulce, todo se suaviza.

Cae nieve y luego el blanco va cediendo, se derrite. Pero ¿y si pudiésemos retener ese sentimiento, esa intensidad?

"...Somos los auténticos países, y no las fronteras de los mapas donde figuran los epónimos de hombres poderosos. Morimos, morimos ricos en amantes, tribus, sabores que hemos probado, cuerpos en los que penetramos, en los que un día nadamos como en un río..." [decía Katherine, Christine Scott Thomas, en El paciente inglés]

Día y noche.
El amor. El tacto.

La nieve que cae y que después se desvanece...

¡Pero sentir la nieve -o su desierto-, sentir el corazón
sobre la piel!

20 de febrero de 2005

En las manos del viento


Posted by Hello
SER COMPLETO

Debajo de ti, olmo,
echas tu sombra;
debajo de ti, olmo,
caes tu hoja;
debajo de ti, olmo,
vives tu copa;
debajo de ti, olmo,
fuljes tu gloria.

juan ramón jiménez



Un mar de nubes. El sol cada día un poco más alto, algo más cálido.

Invierno. Todo pasa. Estamos en las manos de este viento. Como las últimas hojas secas, los papeles que ya nadie lee, a merced de la brisa. O merced a la brisa, como esa nube que cambia. Vivos.

Todo va pasando, paseando. Zumba el viento en lo alto de los árboles y aquí abajo nuestro propio barullo. Hilos de tu conciencia el viento arrastra y enreda tus cabellos en la memoria desorientada, en el recuerdo aquel que merodea junto a tus zapatos mientras caminas.

Llegas. Te sientas en el bar. Y sonríes sin pensar, cuando pruebas el buen vino. Y la miras, bañada por la luz de la ventana invernal. Y tu sonrisa vuela, y viene y va con la memoria. Y puedes coger su mano y, con ella, te sientes ligero, un poco ajeno a todo, como en las manos del viento. Ayer...

Otras nubes vuelven sobre nosotros. A lo lejos grises se amontonan, las amontona el viento en las montañas, en recuerdos que de tan lejos se azulan.

Y el vino, ¿qué tiene que ver con todo esto?

Lo escuché ayer, en el cine, en "Entre copas", que nadie sabe por qué traducen así "Sideways". Lo dice Maya, la mujer que enamora al protagonista. El vino esta vivo, está en el tiempo, como nosotros. No sabrá igual si lo abres un día u otro. Ha sido moldeado por el clima, por el sol y la lluvia, mientras pasaban sobre sus uvas nubes idénticas a las que sobre ti pasaban. Los minerales de su zumo abren puertas oscuras en tu interior, airea los pasadizos de tiempo hacia atrás y de vida adelante. Fue prensado y catado, tal vez por alguien que no está ya en esta luz preciosa y breve del invierno, cargado de tardes y frío. El vino abre también ventanas a tu claridad, a la de muchos hombres desde hace miles de años, y nos trae un don extraño: la ebriedad.

In vino veritas, dice el clásico. Pero yo nunca lo había pensado de este modo.

Y luego, tal vez, dejas el cerco húmedo de tu copa y sigues tu camino bajo el altísimo
cielo.

Cercos efímeros, huellas, señales, mensajes encerrados en una botella. ¿Hacia dónde? ¿Para quién?

Porque todo es vida aún, mientras doblas la esquina.

14 de febrero de 2005

luzazul


Imagen de Saturno azul, con el satélite Mimas delante. Tomada en color real por la sonda Cassini. NASA/JPL


El cielo escribe
luz azul.
No es un engaño,
ni un espejismo diurno para hurtarnos de los hombros el peso de la noche,
ni un decorado. Tal vez...

...el fondo del amor,
el horizonte que no quita nada;
la transparencia, dios, la transparencia (JRJ)

Ese azul que la luz pinta en el cielo no es menos infinito que el negro del cielo de la noche.

Azul es el abismo de los pájaros.
Pero nosotros, cuándo volaremos.

Vivimos
bajo el gran espejo.


¡El hombre es azul
!
¡Hosanna! (FGL)


***************

Me tumbé bocarriba, junto a la laguna, medio oculto cerca de las cañas.

Inmóvil.

Era el final de uno de los últimos días del verano. A aquella hora tardía vinieron a beber cientos, y luego miles de golondrinas, mirlos y vencejos.

Cantando y picoteando la piel de la laguna.

Un espectáculo atronador, un vértigo difícil de atender.

Con la espalda y la cabeza apoyadas en la tierra, el cielo empezó a mostrarse en toda su densidad. Comenzó a verse.

Quedaban quince minutos para la puesta de sol. Entonces, capas y capas de pájaros se iban superponiendo y enmarañaban sus vuelos con picados hasta la superficie del agua, donde bebían antes de remontar. Cada vez más, cada vez más denso, cada vez más intenso. Un rascacielos de pájaros, piso a piso, una altura consciente, enorme, vertiginosa y, sin embargo, las nubes seguían más allá. Tal vez el cielo infinito.

Marañas de vencejos
gritarán en la luz
nuestros nombres borrados

En inútil estrépito
volverán las oscuras golondrinas (JGC)

Luzazul: el infinito de la luz, no el infinito oscuro de la noche tejido de constelaciones. Todo era luz que estallaba. Con su vuelo, las aves batían la claridad desde el paso rasante hasta los cientos de metros de altura. Alas que bajaban y subían en oleadas. Alas en olas. Como si aquellas plumas oscuras fueran borrando la luzazul, el azul de luz, en un esfuerzo inacabable por dejar trasparecer la noche. Su delgada luz.

El sol se acabó hundiendo en el horizonte y mis ojos no podían asimilar la densa realidad. La música compuesta de mil voces al aire llenaba de matices y dulzura el viento. Las alas se convertían en la tiniebla y en presencias apenas advertidas, en borrosas sombras que azulaban todavía, que iban limpiando los cristales de la noche. Pero aún, aún el vuelo de la luz se presentía, como un beso, como una respiración.

Después ya nadie. Sólamente la música de las aves a voz y vuelo, el eco. La transparencia caía desde lo alto con las alas y el aire se iba haciendo frío y pesado. Justo antes de deshacerse aquel azul del cielo en aire y música, justo antes de desmoronarse el edificio de los pájaros, pude asomarme por última vez a toda su altura.
Lo profundo es el aire, como dice Guillén.

--Lo

------profundo

------------------es

-------------el

---aire....


Y entonces, la noche, y el cielo desapareció. Otra transparencia bañaba mis ojos, las estrellas fueron poblando el pensamiento con brillos y recuerdos que la pereza soporta. Sin cielo podría aun soñar, y ahora incluso buscaba azules en otros mundos. Silencios azules como planetas quietos, distantes como miradas, como tú, como latidos quietos. Saturno azul.

Un pájaro es el mundo.

Sus diminutos ojos negros contienen la noche.


Pero el cielo es un mar, una fuente de música que mece, que vuela
que nos puede hacer volar hacia lo alto, lo hondo.

Las alas y las olas de las alas donde volaba Cirlot

Pero no sabemos verlo. El silencio de las esferas aterraba a Pascal.

Caemos en el abismo de los pájaros,
en lo profundo.

Y llegamos al fin a acariciar con quietud la nada que sustenta,
la nada propia y la nada prójima que también nos salva, la nada nuestra unida a la del otro, la de lo otro.

Toda la nada.

En ella, borrándose y borrándonos, la respiración del mundo.

13 de diciembre de 2004

La senda de los deseos... y la Abubilla de Hans Werner Henze


Atardecer final de L'Upupa und der Triumph der Sohnesliebe. Posted by Hello


Si el hombre pudiera decir la verdad de su amor verdadero, si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo, como una nube en la luz, yo sería aquél que imaginaba.

Con palabras de Cernuda nos viene hasta la boca el regusto de manzana en parte prohibida, en parte ansiada que reproduce esta aventura musical y escénica de Henze. Un viaje sonoro y mítico, al menos legendario, que no deja de sorprender. Personalmente me inquieta el hecho de que para plantear esta encrucijada verdaderamente moral, el autor parezca haber usado el territorio de las mil y una noches como papilla para que todos podamos digerirlo. Porque, ¿miraríamos con la misma limpieza en los ojos estas disyuntivas en un entorno urbano, moderno, no-mítico? Si un hombre como Henze aún apuesta por el lenguaje de la poesía debe ser por una buena razón. Un hombre, una mujer, un demonio y una manzana figuran en el centro de todo.

El hombre puro, Kasim, no es aquí el santo célibe, ni el asceta, ni el wagneriano héroe que no conoce el miedo. Tal vez se parece más al protagonista de La Flauta Mágica, aunque su laberino no está acosado por símbolos con un sentido premeditado, con una pedagogía metapoética. No. Aquí, el hombre puro está encerrado en su propia soledad, un laberinto que cuadra bien con el desierto y que tiene en el deseo su única imantación, su brújula salvífica y redundante. Pero el deseo, bien entendido, no como capricho de un momento, sino como flujo que mana del corazón. La nobleza de Kasim hacia sus deseos le hace puro. Y no precisa cumplir promesas a quienes le conceden sus objetivos -la abubilla a cambio de la novia, la novia a cambio de la caja...- para mantener recto su camino. Sólo rinde cuentas a su corazón, caso asombroso de pureza y libertad.

La maldad se manifiesta, es torpe, son los hermanos de Kasim, atados al capricho del momento y sordos ante su propio corazón. Lo más curioso de todo es que, lo que resultara salvífico, surge de la íntima relación, afrontada sin temor, de Kasim con su demonio, con su daimon. Un demonio que a veces anima a Kasim a terminar la búsqueda y acabar con los líos, a lo que él responderá... De ningún modo acabará, ni acabará el riesgo de vivir ni llegará la calma...

A un día le sigue otro día y bástale su afan, que no es poco. El demonio de Kasim aprende con él, le sigue, y finalmente se rinde al terminar la aventura y enseña sus cartas. Es la escena en la que participan un hombre, una mujer, un demonio y una manzana. La mujer ha sido rescatada y ama a Kasim. Kasim la quiere desposar, pero ambos reconocen la importante ayuda recibida del demonio para haber llegado de vuelta a casa. Ambos quieren agradecérselo y le hacen una pregunta inédita a un demonio: ¿hay algo que quieras?

Y el demonio les pide una manzana, probar la manzana del árbol vedado -para él- y venerado, saborear lo mejor de la vida, su plenitud en un mordisco. No como el vampiro, para consumir esa plenitud, sino para compararla, para saber ese sabor del que se habla con cierta reverencia en la insípida eternidad de este demonio. Kasim le promete volver con la manzana en un par de días y regalársela. Es una promesa grave, surgida como el resto de sus deseos, con la rectitud propia de quien platica noblemente con su corazón. Se despiden.

Al día siguiente, vuelven los novios a casa, el padre les festeja y castigan a los caínes de sus hermanos. No con la muerte, que el padre exigía, sino con las cloacas, según sentencia que dicta Kasim, un lugar mítico para la miseria de los caprichos y de la innobleza.

El padre quiere que se desposen mañana y entonces, ironía finísima, Kasim dice que mañana no puede, porque tiene que cumplir su promesa y regalarle una manzana a su demonio. Un hombre serio y puro cumple con su demonio, es una lección a tener en cuenta hoy por todos. No hay hombre sin sombra, ni amor sin sombra, ni sombra sin el bies de su misma sombra.

El viaje por la senda de los deseos concluye con un atardecer, promesa de un mañana continuo, promesa cumplida para un demonio al morder el fruto del árbol de la vida, reviviendo como el demonio de mañana para integrarse en el amor de un hombre, en su franco discurso con el deseo, tan necesario para poder vivir en derredor de una manzana, que es la vida, tal vez para limpiar sus ojos hasta comprender que el atardecer y el amanecer llegan a ser lo mismo: promesas de la luz, vuelos del pensamiento, nubes hacia lo alto, bendita incertidumbre y el más noble desear que siempre orienta hacia la vida, siempre hacia la vida, hacia su conciencia y su celebración, hacia su respeto como bien sagrado. Atardece y no, nunca llegará la calma. Por eso mismo nunca, siempre.

11 de diciembre de 2004

Desapariciones (posibles)


No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo.


F. Pessoa
Posted by Hello

9 de diciembre de 2004

En un lugar del Mediterráneo de cuyo nombre... no debo acordarme

Tengo un balcón al mar. No ha amanecido aún. Hay cierta claridad que se adivina, fosforescencia que persiste en las tinieblas. El mar de invierno rompe. Palmeras agitadas, rocas sacudidas por las olas y el viento resuenan en la noche y vibran en los cristales. La luz de la luna da frío. Sostienes la mirada. Intuyes barcos a lo lejos tratando de abrazar la oscuridad con redes inútiles.

Un rato más, unas horas más, y la claridad comienza a abrirse paso por un hueco anaranjado entre las nubes. La claridad no está en el pensamiento. La superficie de la mar se alisa como una sábana plateada.

El viento se detiene. Una hilera de pájaros vuela luminosa y rasante sobre las aguas. La lluvia se aleja sobre el mar, se derrama por el horizonte, entre las arquivoltas luminosas, grises de las nubes.

Tengo un balcón al mar, en el hotel. En un hotel, junto al Mediterráneo. La soledad humea como una hoguera apagada; recuerdas las conversaciones, la víspera, de alcohol y tertulia literaria. El pesado nos relataba su propio ego-tour, excursión extra que no venía incluida en el paquete del viaje. Se vuelve insoportable, lastimoso, porque no comunica nada verdadero de sí, sólo se pavonea: prácticamente, vinieron a pedirle por favor que escribiera aquel libro; prácticamente, se dedica a la literatura contra su propio destino; prácticamente, sus libros los recomiendan en la tele algunos tertulianos en fila de a dos. Tanta fanfarronada inane, casi hasta el desmayo, monólogo de Maruja... Mallo. El relato alcanzó el patetismo de los hospitales y los decesos y entonces un Caballero andaluz, entrado en años, el Caballero palmea fuerte la mesa, que resuena como un ¡no aguanto más! por todo el bar: "Señores, me tengo que ir a la cama".

Y yo. (Aunque las copas no se habían rendido a los gaznates, no)
Arriba, en el pasillo, las risas resuenan más que las pisadas. Ojalá ser como el argónida, espíritu libre, y no guardar paciencia para tamaños ejercicios de egotismo.

El día estalla en luz sobre la ciudad costera, semivacía a estas alturas del año. El mar vuelve a sus cosas y a sus costas. La hoguera ya no humea, no salen más palabras del recuerdo de la conversación o la memoria se apaga entre la lluvia que, a rachas, retorna.

El taxi y el avión. Todo regresa. Incluso la sarcástica sonrisa al revivir este episodio por encima de las nubes. Nada importa demasiado. Ya sólo queda un recuerdo del mar, la claridad antes de amanecer y la intuición de no ser entre las sombras.

La impresión de haber soñado todo, desde el primer día. De ser un ente imaginado, una ficción, un juego de brillos confusos. Tal vez baste con dormir para borrar la amenaza de ese mar que siempre oscila con la luna.

Tal vez, sí, debamos cerrar los ojos...

21 de noviembre de 2004

Eastman, el mar y los confines (La Coruña)

Este confín, este Finisterre atlántico, este mar de horizonte apagado, brumoso, es también un espejo. Algo hay, mar adentro, de nosotros y no es la gana de morir. No es solamente barruntar el fin lo que se asoma a este confín de las tierras desde nuestros ojos. Los barcos regresan al atardecer, buscando aguas tranquilas, el refugio del puerto que también significa la seguridad de una nueva incertidumbre, que ha de llegar con el nuevo día.

Un mar de dudas, brumas en el horizonte y también sobre la tierra, que el sol de la mañana va corriendo como una suave cortina. Y todo nos deslumbra, la humedad en los árboles y sobre el asfalto, el cielo azul azul y la lejanía de los montes brillando. Un mundo nuevo, el nuevo mundo, también está mar adentro, bruma adentro, espejo adentro.

Imágenes del mundo, iconos sabidos casi de memoria, la colección Eastman en la Fundación Barrié. Guerras, retratos, miradas en el mar del tiempo, igual que el nombre de la dirección de este blog. Tiempo adentro hay tanto sufrimiento como resistencia. Capa y su foto de la muerte (del miliciano en Cerro Muriano) y la del miedo de quienes desembarcaban el día D; Cartier Bresson y la caída de los "colaboracionistas", la primera foto de un rayo, la ejecución de un prisionero vietnamita bajo la luz, asesinato en mitad de la luz; la medida del llanto de una niña desnuda y abrasada que huye del napalm y nos quema los ojos, las fotos de las estrellas de Hollywood, los rostros de los grandes retratos, la mirada fija en ningún sitio de una madre feriante en California, los parajes místicos de Ansel Adams que nos hacen pensar en los paisajes del alma, en la orografía de nuestros miedos y nuestros sueños, el rostro impertinente del asesino de Lincoln que nos revela que no toda tradición acarrea dignidad... Y la bala que revienta una manzana, o la primera gota de agua detenida por las nuevas técnicas y velocidades fotográficas...

¿Hemos pasado de la bala en el cráneo de un vietnamita a la instantánea de la manzana, menuda metáfora, que nos hace pensar en los detalles del efecto de la primera? La bala es un invento obsceno, que resume nuestro potencial técnico. Es una piedra sencilla, un guijarro metálico lanzado por un tirachinas potentísimo. Citius altius fortius también tiene un lado oscuro. Nuestro desarrollo técnico, nuestra velocidan no alcanzan el espíritu. Matamos más rápido, más alto y más fuerte, pero eso no es mejor. Los paisajes del espíritu precisan de dificultad, sin acantilados de cristal tras nuestros ojos no hay mejora posible. Eastman enseña al westman que visita Galicia todo esto.

Pero después hay que ascender a la Torre hercúlea, 231 escalones, más que los de Hitchkock dejaba en 39. Para asomarse al mar de las dudas a vista de pájaro, sobre la incierta luz que dibuja brisas y nubes, y recobrar el aliento, el pneuma que nos define, que hace posible las palabras. Altius, para volver a vernos en el espejo infinito del mar, Citius y tal vez Fortius para regresar a tierra como los barcos, cargados con un tesoro verdaderamente útil, ganado en el vaivén de las olas, entre las joyas de la espuma.

Todos buscando una luz, un faro, una ciudad, una candela en el hogar, caldo caliente, redundantes palabras, amistad y la risa, ay la risa, ese gran borrador de las sombras que nos atenazan. Olvido leve, necesario y vital como un latido del pneuma.

"Borrara el horizonte las derrotas" dice el poeta. Pero en los confines uno vuelve a encontrar la belleza. Y tal vez la palabra, que nace a la sombra de los dioses en los desiertos y nunca en la ciudad de los hombres.

Es un desierto el mar. Tal vez los barcos son sus caravanas y llenan la bodega también de palabras surgidas en un manantial más allá del confín. Tal vez mar adentro sólo están la vida y la muerte, platicando con las palabras que allá mismo inventan.