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30 de enero de 2010

Clint Eastwood, realidad y ficción


El amigo Clint ha sacado el poema de William Ernest Henley Invictus que Mandela usó como salvavidas espiritual durante sus duros años de encierro como texto inspirador de la victoria del equipo de rugby sudafricano en 1995. Aunque en esta película podemos decir que la cosa funciona -Clint es Clint y sabe lo que hace- me ha dado bastante que pensar esta licencia literalmente "literaria" que se ha otorgado el otrora duro director, porque los hechos no fueron realmente así.

Paréntesis. Invictus es una película esperanzadora. Da la impresión de que en sus últimos filmes Eastwood explora nuevas formas de búsqueda del sentido de la existencia, alejándose del fiero nihilismo al que nos tenía acostumbrado en títulos como Mistyc River. El mismo nihilismo que tal vez ya comenzaba a derretirse en Grand Torino con la inmolación de su protagonista.

Lo cierto es que, en Invictus, Clint nos da un cambiazo; porque lo que Mandela regaló en realidad al capitan de los Springboks fue una alocución de Teddy Roosevelt en la Sorbona de París, en 1910.

¿Su tema? La ciudadanía de los hombres libres que enarbolan su dignidad frente a la antigua metrópoli, el orgullo de los criollos americanos frente a los sabios y decantados modos de la vieja civilización europea. La ciudadanía, como empeño y no como teoría, en un tono muy propio de los cuadernos de Azaña, elogiando la acción consciente de sus limitaciones frente a la pureza de la coherencia intelectual, siempre irreal, la del crítico, la del pensador, la de un espectador; la ciudadanía como logro del esfuerzo y la agitada respiración y no como mero formalismo de sello y timbre. Porque el crítico es irreal e irracional de puro racional.

Puede parecer un poco hamletiano eso de cantar la acción mientras se abjura del poder real del pensamiento sin acción... words, words, words!

¡Pero qué gran discurso para la nación arcoíris! Mandela pudo haber necesitado poesía para sobrevivir en la cárcel, pero sabía perfectamente lo que tenía entre las manos en 1995. A mí me gusta más la realidad que la ficción, pero os pongo los dos textos para que vosotros decidáis, el poema de marras y un párrafo destacado del discurso de Roosevelt:


INVICTUS, BY W. E. HENLEY

Out of the night that covers me,
Black as the pit from pole to pole,
I thank whatever gods may be
For my unconquerable soul.

In the fell clutch of circumstance
I have not winced nor cried aloud.
Under the bludgeonings of chance
My head is bloody, but unbowed.

Beyond this place of wrath and tears
Looms but the Horror of the shade,
And yet the menace of the years
Finds and shall find me unafraid.

It matters not how strait the gate,
How charged with punishments the scroll,
I am the master of my fate:
I am the captain of my soul.

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THE MAN IN THE ARENA, BY T.ROOSEVELT
It is not the critic who counts; not the man who points out how the strong man stumbles, or where the doer of deeds could have done them better. The credit belongs to the man who is actually in the arena, whose face is marred by dust and sweat and blood; who strives valiantly; who errs, who comes short again and again, because there is no effort without error and shortcoming; but who does actually strive to do the deeds; who knows great enthusiasms, the great devotions; who spends himself in a worthy cause; who at the best knows in the end the triumph of high achievement, and who at the worst, if he fails, at least fails while daring greatly, so that his place shall never be with those cold and timid souls who neither know victory nor defeat.

1 de junio de 2009

Robert Graves revisited



Después de un finde con siesta bajo los robles, música de viento y cantos y alas, camino por las montañas, y pensamiento ingrávido bajo el paso de las nubes, como una cosa lleva a la otra, se pasa al Hanes Taliesin, y a William blake y los dioses antiguos, y de ahí a lo natural: sacar de la estantería La diosa blanca, aquella gramática histórica del mito poético.

Las manos acarician páginas amarillentas, o más bien amarillecidas, que conservan los rastros de mil lecturas, los frenazos de aquellas primeras lúcidas colisiones, porque el volumen fue como un CERN para aquel adolescente lector en el que aún me reconozco. Partículas elementales, rastros perdidos, huellas de latidos en senderos muy borrosos. O no. Que la distancia es una barrera de jazmines.

El hilo arranca de la reciente muerte de Ullán, de sus versos maravillosos y del recuerdo de la difícil convivencia de la palabra poética, absoluta diosa blanca anicónica, con la palabra de poder, como la llamaba Valente, o con el sencillo manantial de los días apalabrados, borrándonos en cada trago dicho... O no. Que la voz sigue susurrando idénticos conjuros al mismo centro extrañado. ¿A quién? ¿A qué?

Calderilla de los días, tesoros entre las páginas, pétalos gastados, evocadores, cómo algo tan leve como el ala de una mariposa puede marcar la piel con fuego. Tatuajes, vida, nombres en niebla, que una palabra verdadera o exacta echa a volar en bandada. Y el silencio. Incendio desde la misma chispa idéntica, que, oscuramente, se repite.

El tiempo sigue siendo una entelequia, a veces lo parece. Basta con no dejar de escuchar del todo al loco que fuimos. Basta con acercar la mano al fuego, olvidando la forja. Hay metales preciosos, que empuñamos, que circundan un deseo palpitante. Aún, abrir el día con la posibilidad de volar, montar un dragón de palabras, ser música, mirar a los árboles con vida, los que resisten, dejar el corazón sonando como un tambor atávico, soñando como un tambor bajo agua quieta.

Origen, big bang de una salmodia de luz que nos acompaña, el pensamiento. La canción, antes. El canto precedente, cayendo sobre el agua en vacío.

Entonces encontré el vídeo de la estatua creando ese vacío sobre el agua y el fuego. Buscándo una palabra en nuestro aliento. Ave!

¿A quién? No tengo un nombre y aunque lo intuya erraría. Hay días en que aún lo llamo La diosa blanca devotamente

27 de marzo de 2009

Aritméticas de la soledad

«La soledad de los números primos»
Paolo Giordano. Traducción de Juan Manuel Salmerón Arjona. Narrativa. Salamandra (Barcelona, 2009). 281 páginas



Más que un estado -deseado o indesado-, la soledad está en la médula de lo que somos. Nacemos, morimos y... tal vez amamos en soledad. A la hora de contar -¡contar!- en una primera novela como "La soledad de los números primos" una vivencia de lo turbador que el aislamiento individual puede llegar ser, el joven escritor italiano Paolo Giordano ha sido capaz de construir un libro subyugante.

Parte de dos personas gravemente heridas en su niñez -se hacen daño con las herramientas de una vida que, como niños, no entienden o no manejan con pericia-. Y el acierto de Giordano es que, en el lento recorrido por el tiempo, por los años que apenas logran hacer un poco más pálidas las cicatrices de sus personajes, provoca nuestra empatía de una manera inconsciente.

La soledad comparte, como el espejo y como la moneda narrativa, una inquietante realidad: tiene dos caras, puede ser a un tiempo condenatoria y salvífica. Porque ese es el problema, el meollo de la historia -también de nuestra historia- que la soledad que nos aísla puede convertirse en una solución, algo así como el instinto puro de la supervivencia.

El azar ha ordenado algunos números primos -que se dividen sólo por 1 y por sí mismos- en parejas que se aproximan sin llegar a tocarse: 11 y 13, 17 y 19, 29 y 31, 41 y 43...

La soledad comparte, como el espejo y como moneda narrativa, una inquietante realidad: tiene dos caras. Giordano es físico y sabe de ciencias. Pero todos podemos compartir esa experiencia, en mayor o menor medida, porque estamos condenados a cierto grado de aislamiento, a sentirnos individuos ininteligibles, incapaces de vencer la distancia que nos separa del tú, insalvable. A veces a pesar del gran amor. Todos hemos tendido puentes, que resultaron inútiles. Todos nos hemos herido al hacerlo, y tenemos en algún pliegue profundas cicatrices que nos convierten en veteranos de esa guerra, de las trincheras desde las que, en algún momento, cada uno de nosotros disparó soledad, o contra la soledad.

La virtud de este libro es la aritmética, que es la sintaxis de los números. Seremos los primos, los únicos de una familia desposeída de sus iguales o de sus contrarios. Habremos perdido la capacidad de satisfacer el hambre de lograr la unidad con el otro, o al menos esa sed infinita de compartir nuestra soledad. Pero la sed persiste. Y los protagonistas de "La soledad de los números primos", Mattia y Alice, tienen esa misma discapacidad, lo que ocurre es que la somatizan en la inquietante sensación de tener las manos secas (uno) o un trastorno anoréxico (otra).

Hambre y sed: Giordano ha echado cuentas y sabe que extrañando a los personajes, haciéndolos pasar por seres "enfermos", el lector se confía, se siente a salvo y entra en el juego: pensar la soledad como soledad, no como trama. Y es entonces cuando te echa el lazo, porque la soledad ya no deja de serlo cuando salta de las páginas a tus ojos, de la ficción a tus propias vivencias perdidas en la memoria.
El libro cuenta una histora desnuda, la de dos personas unidas, unidas, por un destino tan común como imposible de compartir. Y en ninguno de los dos supuestos nos defrauda, lo cual sólo podría demostrarse con una ecuación tan perfecta, tan solitaria, como nosotros mismos. Pero la X de nuestra soledad, ¿cómo despejarla?

20 de octubre de 2008

A Kundera que le cunda



Los escritores juzgados por sus obras me gustan más que los quemados en las hogueras de sus actos. PERO por qué les exigimos ser prefectos en nuestro precario espejo...

"(del ABC, Villapadierna desde Fráncfort) ...La crisis, sobre la que ya circulan análisis como «Six days that shocked the world» o «Too big to fail», es un rumor a voces pero los editores son cautos ante sus consecuencias. Aunque la presencia de expositores ha sido incólume, ya tenían contratado antes del estallido y el resultado se verá más bien en el año entrante; Joaquín Palau, de RBA, avisa que desde el verano los libreros están pidiendo la mitad, y otros reconocen reducir programa, rebajar adelantos y reciben más devoluciones, pese a confiar en una estabilización del mercado y a que agentes como Carmen Pinilla, o editoriales como Seix-Barral, no constaten una caída en la compraventa de títulos."

Ese será pronto el problema y no la delación de Kundera. Aunque su conciencia y no la del mundo deberá soportar que el delator estuvo a punto de ser letal y que, tal vez por cobardía, permitió que su víctima creyese toda la vida que era la mujer que ambos disputaban la que le había delatado.

Así que prefiero los escritores juzgados por sus metáforas a los intelectuales quemados en las hogueras de sus actos. Somos los lectores los que nos empeñamos en darles una pátina de perfección, tenerlos en una hornacina, con aura de santidad. Pero la literatura a menudo surge de la culpa, de las mazmorras de la conciencia, de la singularidad, cuando no de la monstruosidad. Lo mejor y lo peor del hombre está retratado en la conciencia lineal de los libros que nos han hecho como somos.

¿Una delación? Valiente cabroncete con 20 años Kundera. No me gusta menos que antes. Ni más. Leí la Insoportable y la Broma. Al llegar a la Inmortalidad, ya me caí de su inescrutabilidad moral, o amoral.

La vida es dura
Nadie es perfecto.
¿A quién vamos a engañar?

El ejemplo del escritor es muy penoso. Es toda la sociedad la involucrada en la vida pública y la que tiene tanta embriaguez con las figuras de fama; seremos mitómanos, pero todos debemos sentirnos impelidos a pulir la propia vida. Estamos en este mundo para eso, ¿o no? Unos la pulen y otros se la pulen.

Ellos, los escritores, no son mejores por escribir. No debemos exigirles serlo. Pero tampoco debemos seguirles como gurús laxos de no sé qué religión. Maduremos, por Dios. Y sepamos a quién admiramos y por qué. Al periodista hay que exigirle que no mienta, pero al escritor no podemos caparlo de imaginación a priori. Le pagan para mentir bien.

El ejemplo del escritor no está en la letra. Está -de estar- en el espíritu de su letra y por eso y sólo por eso nos conmueve. Que cada palo aguante su vela, y cada escritor el peso de sus obras y sus actos.
A Kundera que le cunda. Y dejad que yo prefiera...
lahoguera, lahoguera lahoguera

4 de junio de 2007

Blade Runner: el "montaje" del traductor


Bel Atreides sabe de lo que habla cuando escribe sobre Blade Runner. Mike Muddy y todos los que os declaráis fans de la historia de los replicantes deberíais visitar cuando tengáis un rato el post que Bel nos ha regalado. Allí habla con pasmosa naturalidad de un universo que no sólo mana de la ciencia ficción, sino de los Paraísos Perdidos y de los enigmáticos versos de Blake. Nos descubre dónde están y nos plantea unas cuantas dudas más sobre el aprendizaje emocional de los replicantes contrastado con la disfunción en la lealtad, casi alérgica, que padecen los humanos de la película. Habla del momento en el que Roy imita a Cristo, aborda a Frankenstein, susurra la indescifrable figura de Rachael y su ascendente con Gilda... Vale la pena leerlo con atención.

Pero hay más, mucha más reflexión sobre la vida y la muerte de los replicantes, sobre su asesino, el tal vez clonado Deckard... En fin. Y también nos descubre imperdonables gazapos de la tradución española, que son una chapuza de ciencia fricción, por lo que rechinan. Repito: Bel sabe de lo que habla, en cada uno de esos casos. Me he permitido poner más abajo los gazapos, para abrir boca. Os vais a reír.

APÉNDICE 1: ERRORES DE TRADUCCIÓN EN LA VERSIÓN ESPAÑOLA DE LA PELÍCULA (tomado prestado del blog de Bel Atreides)

1. En la escena de presentación de Deckard, cuando éste lee el periódico frente al puesto de sushi en espera de lograr un sitio, la voz del narrador dice: “No nos advierten en los periódicos contra los asesinos. Eso era yo: ex‑asesino, ex‑policía, ex‑blade runner...” Esta frase tiene muy poco sentido dado el mundo que se nos presenta: los periódicos estarían llenos de noticias de crímenes que servirían de advertencia. La versión original reza: “No publican anuncios en los periódicos pidiendo asesinos. Ésa era mi profesión. Ex‑polizonte, ex‑blade runner, ex‑asesino (They don’t advertise for killers in the newspaper. That was my profession. Ex-cop, ex-blade runner, ex-killer)”.

2. Durante el test Voight‑Kampff a Rachael en la Tyrell Corporation, tras la pregunta acerca de la fotografía de la chica desnuda, en la versión original se oye la voz en over de Deckard diciendo: “Bush outside your window... orange body, green legs...” (Arbusto al otro lado de tu ventana... cuerpo naranja, patas verdes...), que preludia la posterior revelación a Rachael del recuerdo implantado de la araña en el arbusto del jardín. Esta frase se ha perdido en el doblaje de la versión española.

3. Cuando Roy y Leon entran en el taller de Chew y el primero cita los versos de Blake, éstos sufren todavía una alteración ulterior en la versión española: ardiendo con los fuegos de oro substituye a ardiendo con los fuegos de Orc.

4. Poco después, la frase que Roy dirige a Chew en la versión española —Me gustaría que pudieras ver lo que hago con tus ojos— es tremendamente ambigua dado el contexto en que se pronuncia: ¿es una amenaza y se refiere a lo que los replicantes van a hacer con los ojos de Chew o con los ojos que fabrica Chew?, ¿o no lo es y se refiere a lo que los replicantes hacen con sus propios ojos, diseñados por Chew? La frase original reza: Me gustaría que vieras lo que he visto con tus ojos.

5. El ascensor del edificio de Deckard, en el que se ha ocultado Rachael para esperar al blade runner, en la versión original, tras pedirle al policía la identificación por la voz, le da las gracias en inglés y en alemán, lo que contribuye a recordar la atmósfera babelizante del Los Angeles 2019. Este efecto se ha perdido en la versión española.

6. En la escena en el camerino de Zhora, tras preguntarle Deckard a la replicante si la serpiente es de verdad, ésta le responde en la versión original: “Of course it’s not real. You think I’d be working in a place like this if I could afford a real snake?” (Por supuesto que no es real. ¿Cree que estaría trabajando en un lugar como éste si pudiera permitirme comprar una serpiente de verdad?), frase en el fondo un tanto contradictoria en la narración pero que apunta al cataclismo ecológico que ha acabado con la mayor parte de los animales y que forma el trasfondo, más que de la película en sí, de la novela de Dick en que se basa la película. En la versión española se oye: “¿Cree que estaría trabajando en un número como éste, si tuviera que hacerlo con una serpiente de verdad?”, lo que plantea la pregunta de en qué se diferencia, a efectos de baile erótico, hacerlo con una serpiente nacida de un huevo o con otra exactamente igual surgida de un laboratorio genético.

7. En la escena del desayuno en casa de J. F. Sebastian con los replicantes, J. F. le dice a Pris que sufre envejecimiento precoz. En la versión española se le oye decir: “Síndrome de Methuselah”. Da la impresión de que el responsable de la traducción haya tomado a Methuselah por algún endocrinólogo famoso de este siglo en lugar de por la figura bíblica que es: Matusalén.

8. Poco después J. F. Sebastian pide a Roy y a Pris que hagan una demostración de sus habilidades. Roy responde: “No somos computadoras, somos físicos.” Este físicos es extremadamente ambiguo aquí porque, dadas las capacidades intelectuales de los replicantes, parece que se refiera a la profesión científica. Roy dice en la versión original: “... somos seres físicos (we’re physical)”. Pris se incorpora entonces y en la versión española se le oye decir: “Yo creo, Sebastian, que eso es lo que soy.” En realidad está diciendo: “Pienso, Sebastian, luego existo (I think, Sebastian, therefore I am)”, cita de Descartes con la que Pris le manifiesta a su interlocutor que ella no es ninguna máquina, por más que su psique habite un cuerpo artificial.

9. En el diálogo entre Roy y Tyrell, cuando este último pregunta a su engendro si quiere ser modificado, Roy responde en la versión española: “¿Y quedarme aquí? Pensaba en algo más radical.” En la versión original dice: (a J. F. Sebastian) “Quédate aquí.” (A continuación, a Tyrell) “Pensaba en algo más radical.”

10. Al comienzo de la lucha entre Roy y Deckard en el apartamento de J. F. Sebastian, tras el primer disparo del policía al replicante, se oye a éste decirle al blade runner en la versión original: “Not very sporting to fire on an unarmed opponent. I thought you were supposed to be good. Aren’t you the good man? Come on Deckard. Show me what you’re made of” (No es muy deportivo disparar a un oponente desarmado. Yo creía que se suponía que eras bueno. ¿No eres tú el hombre bueno? Vamos, Deckard. Enséñame de qué estás hecho). Este ¿No eres tú el hombre bueno? supone una de las características ironías de Roy, cuyo efecto se pierde totalmente en la versión española al traducirlo: “¿No eres tú el mejor?”

11. Cuando Gaff encuentra a Deckard tras la muerte de Roy en el tejado del edificio, le dice en la versión española: “Ha hecho un buen trabajo, señor.” Con esta traducción se pierde la duplicidad de la original, que apunta al hecho de que Deckard sea o pueda ser un replicante: “Ha hecho el trabajo de un hombre, señor.”

19 de mayo de 2007

Aprender a ser mortal












Lo que queda de Troya en Google Maps

Poemas y mitos iluminan el presente. No son cuentos antiguos, son arcanos que proyectan nuestro propio perfil más allá del tiempo. En medio de una sociedad secularizada y nihilista, en el centro de una polis que reclama más que nunca la construcción de una ética laica que sirva para todos y no implique recompensas supraterrenales, alguien vuelve a echar una ojeada al principio de todos los relatos: La guerra de Troya. Y es una mirada suculenta la de Javier Gomá en el libro Aquiles en el gineceo (Pre-textos), en el que se pregunta por qué un semidios abandonaría el más confortable de los refugios para dirigirse a una muerte profetizada (su madre lo había ocultado entre las hijas de Licomedes para que los griegos no lo hallasen). Pero, ¿por qué volver a Aquiles? Gomá lo identifica con un estadio ético hoy fundamental.

La modernidad siempre prefirió a Ulises, el héroe que sabe entrar y salir del fuego. Hasta Ulises, la nobleza estaba siempre por encima de la astucia y los héroes embestían de frente. Con Ulises, mimado por Atenea, eso cambia. De hecho él le hablaba íntimamente a la diosa (varias veces le requiebra: "Ahora, más que nunca, séme propicia"). Su astucia inventa el caballo de Troya, codifica una lectura pragmática de las reglas que otorga ventaja al jugador más despierto y cimenta nuestro mundo moderno. Pero, aunque la modernidad lo perdonara o lo pasase por alto, recordemos que Ulises también tuvo que elegir un día si acudía a la guerra de Troya. Sin embargo él, desde la astucia, trató de objetar, de librarse del compromiso heleno contra Troya, alegando demencia.

Cuando Menelao fue a reclutarle, sencillamente se hizo el longuis, y sólo la protección de su hijo Telémaco (cuyo nombre significa "batalla decisiva") le obligó a renunciar a su estratagema. Pero lo que hace muy distinto el calado de su elección si lo comparamos con Aquiles es el detalle de que sobre Ulises pende un augurio que se limitaba a anunciar que no regresaría hasta el vigésimo año y lo haría como un mendigo al que nadie iba a reconocer. Algo molesto, sí, pero no mortal. Y Ulises era rey de su isla esquiva, pero no inmortal. La fascinación de la modernidad con el héroe de la Odisea se alimenta también con su largo extravío, que tampoco deja de ser el camino que manaba de la pragmática astucia.







Rubens/ Van Dyck

La elección de Aquiles, hijo de la diosa Tetis, sería muy diferente. Él sabía que su decisión era entre una vida muelle y eterna, pero sin gloria -de la que el gineceo era sin duda un generoso adelanto- y el más breve y glorioso existir sobre la tierra, proyectando la sombra del héroe por antonomasia sobre los siglos de los siglos. Y aquí estamos una vez más hablando de Aquiles, en 2007, de su figura y de su aceptación del desafío de morir.

Porque de eso se trata, de nuestros tratos con la muerte. Asumir hoy la mortalidad, cuando nuestra sociedad oculta la agonía y desliza los cortejos fúnebres por las autovías de circunvalación, no resulta conveniente. Y dice el poeta más útil de la tribu:

Me cruzas, muerte, con tu enorme manto
de enredaderas amarillas.

Me miras fijamente.
Desde antiguo
me conoces y yo a ti.

Lenta, muy lenta, muerte, en la belleza
tan lenta del otoño.

Si ésta fuese la hora
dame la mano, muerte, para entrar contigo
en el dorado reino de las sombras.

J. A. VALENTE

No deja de resultar curioso que Javier Gomá invoque la decisión de Aquiles, el héroe ante el que palidecen los demás guerreros de la historia, para poner el acento en un punto novedoso: la asunción de nuestra mortalidad es un asunto político, porque importa a los miembros de la sociedad. Esto es cierto de muchas maneras, porque la implicación del individuo con sus semejantes, su capacidad de trabajo, su raigambre, su familia, sus ambiciones proyectadas en dimensiones humanas, sus meros sueños, incluso su inclinación a disfrutar del ocio, tejen la fuerza de una sociedad.

Inconscientemente, muchas culturas han mantenido un rito específico para el momento en el que el individuo abandona la niñez y se incorpora al mundo productivo y reproductivo de los adultos. La toga viril de los romanos o el Bar Mitzvah judío son dos ejemplos, cuya lectura armoniza en el libro con el mito de Aquiles, porque la llegada al mundo del adulto y el abandono de la niñez no son sino la templada asunción de la mortalidad propia y el abandono del halo de divinidad que irradia desde el esplendor de la infancia.

En definitiva, el libro de Gomá nos invita a reflexionar de manera pertinente sobre un dilema contemporáneo: por mucho que la sociedad se abandone a una especie de adolescencia sin fin, puramente estética y subjetivista, cuyo desarrollo no sabe ni puede esquivar el nihilismo que lacera nuestro mundo sin sentido y sin porqué, Aquiles en el gineceo nos afina para pensar hasta qué punto se puede objetivar nuestra existencia -la finitud de nuestra existencia- en los otros, en la sociedad, la polis, en nuestra aportación al continuo avatar del mundo. Al elegir asumir nuestra muerte, todos conectamos con Aquiles, un héroe cuya estela no se ha limitado a la cólera cantada por Homero, sino a su decisiva intervención en el momento clave de la historia, de Grecia -cuando Troya cae y ello termina con diez años de guerra por el dominio comercial del Egeo en los albores de nuestra civilización-, de su propia vida -al elegir la gloria de la vida mortal, pese a su brevedad, frente a la gloria olímpica-, y la de la nuestra -según el ejemplo que nos ofrece en su libro Gomá:

"Cuando elegimos una profesión en la organización social o concebimos por otro yo un amor ético que funda una casa, en esa misma hora el sujeto se está jugando su propia mortalidad. Aunque resulte extraño la finitud debe elegirse y ser objeto de personal apropiación, no es algo que ya esté dado o pueda uno disponer de ello sin esfuerzo ni aprendizaje. Más aún, es la tarea de toda una vida que no termina nunca de completarse", dice Gomá en su libro.

Uno no puede evitar acordarse de otros mitos, antiguos y modernos, al abordar este asunto; y sobre todos, uno brilla, por su poética claridad. Éste:

”I’ve seen things you people wouldn’t believe. Attack ships on fire off the shoulder of Orion. I watched c-beams … glitter in the dark near Tanhauser Gate. All those … moments will be lost … in time, like tears … in rain. Time … to die.”

Quien habla es Roy, el replicante de Blade Runner, un ser excepcional creado por el hombre metido a dios. Y entonces el clon ofrece esa lección de asunción de la mortalidad como amor a la vida misma en toda su humana dignidad. Claro que Roy lo sabe al final de sus días. El mérito trágico de Aquiles sigue siendo haber tomado conciencia y decisión en plena juventud.

Trágico como Aquiles o dramático como el clon, la aceptación de la mortalidad nos atañe a todos, como búsqueda de un sentido propio y ético de la vida, que nada debe a consideraciones que están fuera de lo humano. Que pueden ser importantes, pero que aquí no importan.

En definitiva, en una perspectiva actual y contenida, a la que otro buen poeta da su voz:

Matinales neblinas, tardes rojas,
doradas; noches fulgurantes,
y la llama, la nieve;
canto del cuco, aullar de perros,
silente luna, grillos, construcciones de escarcha;
el traqueteo del tren, del carro, niños,
amapolas, acianos, y desnudos
árboles de invierno entre la niebla;
los ojos y las manos de los hombres, el amor y la dulzura
de los muslos, de un cabello de plata, o de color caoba;
historias y relatos, pinturas y una talla.
Todo esto hay que pagarlo con la muerte.
Quizás no sea tan caro.

José Jiménez Lozano, El precio

4 de agosto de 2006

Con Pla en el Cabo de Creus

Estos días, leyendo las Historias del Ampurdan, editadas por Juventud, me quedo con los relatos de Pla sobre el contrabando en las arriesgadas costas del Cabo. Los relatos vívidos y vividos, como siempre, documentan no sólo las artes perdidas en el mar del tiempo, el calafateado y diseño artesanal de las naves de pesca y cabotaje, las técnicas para esquivar la atención de los carabinieros y la guardia civil antes de desembarcar el contrabando..., también son testimonio de un mundo perdido rápidamente. Ni la controlada locura daliniana, que mal envejece, por cierto, podría haber imaginado qué rápidamente desaparece todo en una inundación, tsunami desde tierra, de turistas sureños y nórdicos, gadgets electrónicos, coches con navegador GPS y dietas escandinavizadas.

No por mucho madrugar amanece más temprano, y el caso es que en el Cabo madruga el amanecer, por ser la punta oriental de la península. Ahora bien, los atascos en la escarpada carretera a Cadaqués y los tumultos que persiguen el genio desaparecido, tal vez cubierto por la bruma, o soplado por la tramontana como un sueño ligero, de Dalí, no van a dar con el mundo que la realidad de esta luz mineral les ofrece.

Perdido el ancestro rural, el país cuyos paisanos, según Pla, decían "voy al Ampurdán" cuando salían del cabo; desaparecido el sabor de las cosas reales y difíciles en esta dramaturgia de veraneo continuo, de facilidad, que la costa ha sabido construir, basta mirar con nuestros ojos para extraer la sustancia que la realidad nos oculta, como siempre. Rostros, sueños, torpezas, nostalgias, mundos perdidos... todo eso permanece, como las olas, las pocas medusas que mueven su miriñaque con elegante prestancia y casi con urticante coquetería. La ensalada de lenguas y miradas, la amanida de perfumes y bronceadores, es parte de la vida aquí. Es la piel de un rostro que no podemos dejar de mirar.

Luego, al fondo, la lectura y la viviencia infantil de otros mares más de pescadores de la era humana y sencilla, no del siglo del puerto deportivo y el turismo activo, pueden pintar para nosotros las raíces que, en el fondo, todos venimos a buscar: el silencio, y el mar hecho murmullo. El viento jugando con nuestros pasos, en un fondo húmedo y callado. El cielo barrido por el viento. Las personas cercanas. Los sabores del mar. Las largas sobremesas.

Levantamos los ojos del libro y ahí están las historias de hoy, como entonces, distintas pero humanas, de tan deshumanizadas. La soledad no se la lleva el viento, va pegada a cada uno. Mi vecino de mesa mira al horizonte. Y aquí podría empezar una aventura, un relato distinto.

Porque el mar es una piel y el sol gira inconscientemente. Sólo la luna mueve esta realidad, esta marea que los hombres no sabemos gestionar. Recuerdos, sentimientos, horas luminosas.

La sal, de nuevo. El corazón llegando hasta los ojos.

6 de julio de 2006

La Casa de Graves en Deià



Imagen de la casa tomada en abril

Maravillosa, aunque breve, conversación mantenida con Guillermo Graves el otro día para publicar en ABC la noticia de la reapertura de la casa familiar en recuerdo de su padre Robert Graves: un lugar mágico de la historia cultural de España y del mundo. He aquí la crónica fiel de aquella conversación:

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Pareció que Robert Graves celebraba otro de sus cumpleaños. La gente se arremolinaba junto a su casa a las afueras de Deià, en la costa norteña de Mallorca. Buena parte del pueblo se acercó a beber a su salud e incluso se presentaron algunas estrellas de Hollywood. Así era antaño, cada 24 de julio, cuando Robert Graves abría su casa para celebrar su aniversario y los invitados podían compartir unos momentos con Ava Gardner o Alec Guiness. Pero, por mucho que se pareciera el ambiente de ayer, el motivo de la reunión era otro.

El presidente de Mallorca, Jaume Matas (que se llevó una bolsa, por cierto, de hortalizas del jardín /huerta familiar) y las estrellas hollywoodienses Michael Douglas y su esposa Catherine Zeta Johnes, presidieron, por así decir, el brillante acto social con el que se abrió la casa de Robert Graves, autor de «Yo, Claudio» y también de «La diosa blanca», escritor de «El vellocino de oro» y asimismo de «Adiós a todo eso», poeta entre los grandes del siglo XX y soldado en las dos guerras mundiales.

Después de meses de rehabilitación, la morada de Graves ha quedado como estaba en los años cincuenta. Su hijo Guillermo nos lo comenta, con ilusión no ajena al sentido del humor. Es cierto que hubo algunos discursos, pero asistimos, gracias a sus palabras, a la apertura de un centro de la cultura que ahora se ha recuperado. Los lectores, aquellos a quienes las obras de Graves, en verso o en prosa, conmovieron o cambiaron, tienen la posibilidad de asomarse a aquella intimidad un poco indómita que habitaba en la España de Franco, en una aldea agrícola aunque anticlerical, como él solía decir.

En el piso de abajo, relata Guillermo Graves, «todo ha quedado como en los años 40. Los mismos muebles y el mismo ambiente de cuando vivíamos allí». Están sus plumas, su tintero y las fundamentales tijeras, que en sus manos acuñaban el valor del corta y pega que hoy todos hemos asumido a través de la informática. Están su despacho y el comedor de entonces, alimento del cuerpo y del espíritu, y al lado se ha recuperado la cocina de carbón marca AGA, «el Rolls Royce de las cocinas».

También está la imprenta que trajeron con ayuda de T. E. Lawrence para fundar Season Press, editorial que vio el nacimiento de un puñado de poemarios allí mismo, junto con la factura de los aranceles de su importación. El jardín, según queda dicho, ha vuelto a florecer con árboles cuyos frutos el escritor recolectaba y luego mercadeaba.

Y en la planta de arriba la zona de exposición con sus primeras ediciones a la vista, con el fin de demostrar qué hay más allá de «Yo, Claudio», un autor de 144 publicaciones, el 60 por ciento de ellas en prosa. Allí también documentos históricos, la carta de Gertrud Stein comentada por Graves, otra de Churchill agradeciendo el envío de un libro, su discurso al aceptar ser hijo adoptivo de Deià, una conferencia de Cela, la carta de la Reina Isabel II de Inglaterra otorgándole una condecoración poética, misivas de Thatcher y otros políticos ofreciéndoles oropeles del poder que nunca aceptó...

Graves dio a Deià la carretera que baja serpenteando a la cala recogida y preciosa. Y, en 1963, tras cartearse con Manuel Fraga, y luchar contra la burocracia, logró que llegase la luz eléctrica. Por eso la apertura de su casa es, otra vez, un acontecimiento, para el pueblo, las islas, para todos nosotros.

----------------hasta aquí lo publicado

En abril, el pasado domingo de Resurrección, en la iglesia de Deià sonaba un fraterno y cálido canto gregoriano. La música era un verdadero imán para el espíritu de los curiosos que paseábamos junto al templo o para quienes buscábamos, para honrarle o saludarle, the Graves' grave, la tumba del escritor, en el pequeño cementerio de piedra blanca, a esa hora humedecido por una fina y temprana lluvia. Resonaba el cántico entre las piedras y resbalaba por las hojas hasta desaparecer en la transparencia.

Luego, por la tarde, bajando hacia la cala, el canto de las chicharras era un verdadero imán también para el espíritu de aquellos a quienes los árboles apenas lograban proteger de los rayos del sol. Música de sol y viento junto al mar. Turistas también, como paisaje inesquivable ya en las islas. Pero no importa, al horizonte, la música del mundo y honores a la Diosa Blanca.

Tantas palabras, mitos, historias, canciones idas con la brisa y vueltas a romper junto a la orilla incierta de aquello que creíamos fundado firmemente en este tiempo presente. Pero es ley que el presente se define y delimita por lo ausente. En realidad, nada nos pertenece. Y nuestro presente huye por ese mismo camino de las ausencias que alcanzamos a rozar pero que escapan como el agua entre las manos.

A veces, la mirada se nos queda así desnuda o perdida en el tiempo. Y es todo lo que tenemos.

14 de mayo de 2006

Crónica al pie del tren de Gamoneda

Antonio Gamoneda (Oviedo, 1931) se bajó del tren en Chamartín, procedente de León, ayer (viernes, 11-5-06) a las 15:40. Caminaba despacio por el andén y allí se abrazó a su hija Amelia. No hacía ni dos horas que sabía por una llamada al móvil que era el ganador del premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana de este año. «Desde que me lo han dicho, traté de seguir trabajando pero esto no paraba de sonar...», dice señalando al teléfono móvil, con la batería exangüe, y se lo entrega a Amelia.

Tiene su enjundia que Gamoneda conociese la gloria del premio de Patrimonio Nacional subido a un tren, en medio del camino a Madrid. Ahora sabe que el jurado ha destacado en su obra «la señal explícita de una tradición escondida, asociada a la tierra y la vivencia» y que le considera «ajeno a las habituales clasificaciones generacionales», y «de hondura inigualable». No en vano se impuso en la reñida votación final a Blanca Varela y Francisco Brines. El jurado lo ha presidido Yago Pico de Coaña, presidente de Patrimonio, y lo forman Juan Gelman, José Saramago, Josefina Aldecoa, Humberto López Morales, Santiago Castelo, Enrique Battaner y Anna Caballé, entre otros.

Estamos en una estación y la poesía parece un paso a nivel, intenso e inesperado, cuyas vías no sabemos dónde llevan. Y las palabras son traviesas. El caso es que ganó Gamoneda, aunque es poeta del olvido y la pérdida, cuando venía a Madrid a acompañar a Gelman, premiado el año anterior, en la entrega del galardón y en el recital junto a Caballero Bonald y a Boccanera. Ahora asume el premio con alegría pero sin excitación, según confiesa mientras la megafonía anuncia un tren, tal vez poético, que salió de Tres Cantos.

Chamartín es un hervidero de idas y venidas a esa hora de la tarde. Cada uno, con sus maletas o con sus pensamientos, busca un destino. Nosotros buscamos un lugar donde sentarnos y conversar. Gamoneda nos comenta que piensa recitar en Palacio versos del último libro, dedicado a su nieta Cecilia, «lo he elegido porque lo quiero especialmente. Es el último y, además, es el más delgado».

—¿Ligero de equipaje?
—Sí, sí, claro. Ligero de equipaje.

«Cecilia» (incluido en «Esta luz» Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg) es un libro en el que la mirada del viejo poeta se asombra con la vida recién llegada: «Bajo los sauces/ yo te llevo en mis brazos y te siento vivir./ Después salimos a la luz y, por primera vez,/ tú ves el cielo y lo señalas y lo nombras./ Es verdad, en el extremo de tus manos,/ el cielo es grande y azul».

—El premio le permite hacer balance: ¿cómo ve desde aquí su obra?
—Mi obra podría ser mejor, y soy muy crítico con mi poesía de juventud, en particular. Ahora creo que no me queda ya mucho tiempo, soy mayorcito, pero es que incluso la poesía nos abandona y nos quedamos sin ella. No me quedarán muchos libros por escribir.

—¿Qué escribe estos días?
—Hace cuatro o cinco meses que no escribo ni un solo poema. Estoy con mis memorias de infancia, que en la primera entrega llegarán hasta los 14 años.

—¿Por qué hay una palabra poética?
—La palabra poética cogida de la mano del pensamiento poético es una palabra anormal, una palabra que no es de carácter informativo, ni descriptivo, sino de creación y de revelación, incluso, de lo que el poeta sabe, aunque no sabe que lo sabe.

—Se dice que con los años su estilo ha llegado a una gran desnudez.
—No me preocupa el estilo y no me paro a pensar si estoy en la sencillez o, como algunos me reprochan, en una actitud hermética. Mi escritura es una forma de necesidad y se plantea sin que yo la programe, se programa solita.

—¿Por qué algunos dictaminan sobre lo que es la poesía y lo que no?
—Quizá porque desconocen la verdadera causa y finalidad de la poesía y entienden que se trata sólo de palabra ornamentada. ¡No! Su causa y finalidad es la creación de un placer y, aun cuando se refiera a realidades conocidas, un valor al que acompaña algo que se desconoce y se revela.

—Si se encontrase hoy con el Gamoneda de 18 años, ¿le aconsejaría?
—No le daría ningún consejo. Todos tenemos que atravesar el terreno del error, que puede durar incluso hasta la propia actualidad. Es que vivimos sobre el error, y ya Juan de Yepes habló de un «no saber». De ahí deberíamos sacar algunas conclusiones.


A sí mismo no, pero a Cecilia, su nieta, le dijo ayer en voz alta como un palacio: «Con tu lengua atravesada por una ignorancia luminosa hablas de una flor invisible. Hablas de ti misma./ Nunca tuve en mis manos/ una flor invisible.»

30 de marzo de 2006

Rusia en el Guggenheim: unos ejemplos a modo de matriuska

Andrei Rublev pintó este profeta en los años finales del siglo XIV, un icono lleno de serenidad y humanidad que puede verse ahora en el museo Guggenheim de Bilbao en la exposición sobre ochocientos años de la historia del arte ruso que demuestra, una vez más, las raíces espirituales de nuestra cultura. Rublev, inmortalizado en la película de Tarkovski como el Artista, mezclaba su vida y su pensamiento en sus témperas monacales y puso en pie la nueva visión del mundo que Rusia aportaría a la humanidad. No está tan lejos de nosotros.

Estalla la Primera Guerra Mundial y su efecto devastador hiere a Rusia. Kuzma Petrov-Vodkin quiere pintar una imagen atemporal de la belleza y el poder femeninos y mira a su tradición, a los iconos, pero con lenguaje moderno. La tradición cristiana llama a esta imagen de la Virgen en ademán conciliatorio "Madre de Dios de la Ternura hacia los Corazones Pecadores".



Mientras el Turco luchaba en los Balcanes, Rusia atacaba a los otomanos en el norte. Vereschagin, herido gravemente en esa guerra, pinta una escena de la que fue testigo: un regimiento al completo pereció en un ataque -erróneo como se ve- en campo abierto. Esta imagen del funeral absurdo en un campo sembrado de cadáveres desnudos que apenas aparecen entre las yerbas molestó al poder del zar. Alegato antibélico de 1878, que por entonces vivir valía poco. Pero ya no hay sombras, solamente fuimos luz y somos viento un día y desde entonces.


En la piedra está escrito: "Si sigues adelante no sobrevivirás; nadie puede pasar, ni a pie, ni a caballo, ni volando". El pintor Vasnetsov representa al melancólico caballero "frente a un camino recto", aunque titula el cuadro como "Guerrero en la encrucijada". Los cuentos y epopeyas populares rusas nos ponen ante la inmensidad de la estepa, del yermo del presente, como eran por entonces las pérdidas terribles de la guerra ruso turca de 1877-78 y el agravamiento de una situación indefensa y humillante del pueblo bajo el estado zarista.
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Cuatro siglos nos contemplan, entre esta cabeza de Salvador del XVI y la cabeza de campesino de Malevich, en plena efervescencia de las vanguardias del XX. Así es el diálogo del creador con su pasado, que lo conoce y lo actualiza como algo vivo. Cristo es hijo de carpintero al fin y al cabo, ¿no? así que no nos extrañemos por tantas similitudes. Quien haya de salvarnos algún día -de qué, de quién, quizá de nosotros mismos- tal vez tenga un rostro distinto, pero representa lo mismo.


Está claro que Robert Capa captó en Cerro Muriano un gesto de la muerte que han repetido en la historia de los hombres millones y millones de soldados, como este ruso blanco en Samarcanda, que acaba de recibir el impacto de una bala en el costado, ha dejado caér su fusil y se encamina en sus últimas zancadas a la muerte. Miliciano el español, zarista el ruso que ha combatido al otomano, la guerra es un espejo en el que los hombres se miran y se muestran lo mejor y lo peor de lo que son capaces. Una vez más Vereschagin, que realizó el lienzo a partir de un boceto tomado en el frente, sabe de lo que habla perfectamente, y por eso lo cuenta. El dolor, la iniquidad, el infinito vacío sin sentido a unos pasos de la muerte.

Estas dos personas que se han encontrado vienen por caminos tan dispares que parecen dos seres de diferente planeta. Sólo les falta la escafandra. El caminante de Giacometti pasea en su delgadez la tradición del arte moderno que algunos dirán que arranca en la pintura rupestre, pero que corre sobre todo durante el siglo XX por las venas de las vanguardias, el simbolismo, la libertad expresiva y la investigación de los límites. Don (Lenin) Vladimir Ilitch Ulianov procede de otro centro de poder con menos misterio que las cavernas y sus cazas ancestrales, pero con una idea clara de dominio sobre la realidad, aunque la realidad sean los otros y se resista. Al final, los muros caen y quien caminaba se halla por fin frente a quien esperaba plantado a que la historia acabara dándole la razón. Ni lo uno ni lo otro. Y si hay algo que esta escultura de Sokov demuestra, antes de que la línea recta no es el camino más recto entre dos puntos, es que la sonrisa nos hace inteligentes. Así que reímos más de lo que pensamos.

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7 de marzo de 2006

A todo sí

Otto Dix: Tríptico "La guerra" Posted by Picasa
Alguien, muy cerca del corazón, muy pronto, me lo dijo. Desde las cimas de la plenitud, de aquel entusiasmo, con los ojos radiantes del primer amor (qué lejos se veían las tormentas que, a buen seguro, la vida arrastraría hasta nosotros inexorablemente y que allí mismo invocábamos).

La inteligencia fue compartir ese oscuro cristal del pensamiento, con la mirada un poco acuosa, frente a frente, cuando lo dijimos: "A todo sí". Era una promesa ciega, era un conjuro que nacía bajo la piel, por entonces aún más sabia que nosotros. Era agridulce mirar hacia la tarde y desear que el viento no nos borrase aquella intensidad. Y qué dolor el de aquella alegría.

Era la vida y había que vivirla, finalmente, por los caminos que a nuestros pies llegasen, fuesen fáciles o angostos, rectos o laberínticos. A todo sí. No renunciar a vivir, no esconderse -ni exponerse de manera idiota- pero desde el amor, a la vida, sí; a todo, sí. El corazón tiene razones, y locuras, que la razón no alcanza -hasta más tarde.

Tiempo después -"el tiempo pasará"- encuentro esa misma frase fiel a la vida entre las palabras de Otto Dix. “Hay que ser capaz de decir sí, sí a las manifestaciones humanas, que están ahí y lo estarán siempre”, decía el pintor "degenerado" según los nazis. De este modo justificaba su intención de seguir pintando lo que sus ojos veían, de darnos testimonio veraz de un tiempo y sus desgracias. Hay guerras y habrá que pintarlas, fotografiarlas, contarlas; hay miseria en los hombres y en los discursos y no deberemos callar nunca, dejar de dar nuestro testimonio. Nos magnifica más ese gesto que cualquier arenga, esa fidelidad que cualquier mudanza.

A todo sí. Por eso los nazis le llamaban "degenerado", porque no dejaba de pintar tullidos en lugar de héroes de guerra, y en las trincheras retrataba -naturaleza muerta en sentido literal- los cuerpos amontonados en el fango y la sangre en vez de los uniformes inconsútiles de la gloria. Raptos antiguos como el hombre que hoy nos concitan, con nuestras guerras, nuestras hambrunas, nuestras miserias ocultas bajo la alfombra voladora de la opulencia. Están ahí, asedian nuestra conciencia negligente, los debates de la libertad, de la censura de imágenes bélicas, de los umbrales de la tolerancia... No debemos olvidar que lo que existe no deja de existir por no mirarlo. Qué infantil.

A todo sí es un enunciado liberador, de asunción instantánea de la realidad, sin una huida selectiva de sus sombras. Frente a quienes pudieran ver en esta postura una aceptación claudicante ante la persistencia de los males del mundo, creo que hablamos justo de lo contrario. Quien niega un mal que existe, puede ocultárselo precariamente, muy poco tiempo, antes de ser engullido por él. Quien lo afronta y lo acepta como parte de la carrera de obstáculos tiene más oportunidades para solventarlo. Sería muy largo extenderme por las implicaciones filosóficas y políticas -no limitadas a España- de esta postura que, por otra parte, saltarán a la vista del buen entendedor.

Otra cosa es que quien acepta la realidad se quede inane frente a ella. A todo sí es un acicate para la acción, pero también para la lúcida humildad de quienes somos hombres y estamos de paso. Como Dix, dibujando en nuestra lóbrega trinchera, o en el sombrío exilio interior del lago Constanza. Y no quiero alejarme del corazón, de este corazón, que sigue siendo fiel a aquel latido de la adolescencia. A todo sí.

"Tú lo dijiste: pasará el tiempo.
Mas no ha sido cierto el olvido.
El que mira romper las olas sobre
el espigón no sabe cuál de ellas
más alta llegará. En el recuerdo
quedan rostros; los nombres perduran,
los borra el tiempo. Leo la carta.
Veo tu mano cuando la escribía,
los ojos seguidores de las letras.
Y tú estás conmigo nuevamente.
Es el tiempo que pasa; lo dijiste"

Alfonso López Gradolí

2 de febrero de 2006

Viceversos de Chema Madoz

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Un poeta hace chocar palabras que nunca estuvieron juntas para abrirse paso a traves de la fronda del lenguaje y descubrirse y descubrirnos nuevas miradas al mundo. Chema Madoz es capaz de hacer lo mismo, pero con imágenes.

Muchas veces se le ha emparentado con el surrealismo, pero él no se conforma con esta visión. Ayer hablamos telefónicamente de ello. Nadie va a negar que su fotografía mana de la tradición de los ismos, que se emparenta con Man Ray y con Brossa, incluso con Ramón y sus greguerías, pero nada más lejos de su intención que, por un lado, el afán gritón y manifestario de los acérrimos surrealistas, y por el otro, la lógica del inconsciente.

Para el surrealista, el cartel es un grito en la pared: afirmación, alocución, aseveración, nunca conversación. Chema Madoz nos interroga, se interroga, tal vez y como mucho se anuda a la parte más sutil de un Magritte, a esa ventana que conserva el cielo en los cristales rotos, pero lo hace como un peldaño para llegar al límite y ponerlo en cuesión. No, la realidad no es tan somera como entonces, no es cierta como entonces, no está fija, no es fiable, y menos para el verdadero poeta.

Chema hablaba ayer, al otro lado del teléfono, de juego, de infancia, de duda... Y no se puede encasillar en el surrealismo a quien también construye instrumentos precarios -casi con un pie en el arte povera-, quien se esfuerza en concretar las intuiciones con objetos de la realidad más inmediata, manipulándolos poéticamente, haciéndolos hablar. Para ello se hace fontanero, carpintero y jardinero, y mezcla esos mil oficios durante un rato, mientras construye los objetos que luego retrata. Sus criaturas no son habitantes fantasmales del océano inconsciente, sino concreciones, piedras sencillas, porque se han quedado guardando la encrucijada de los símbolos, no han sido devoradas por ellos.

No trabaja con un mundo de sueños, él explora las fracturas de la realidad. Donde todos vemos tersura, el encuentra la grieta que ensambla el zapato con las raíces, el anzuelo con el corazón, la arena con el mar, el agua con el puzzle, el remo con el contrabajo, el taco de billar con el fusil de mira telescópica. La realidad que aceptamos con pereza como realidad él la injerta en la realidad que no queremos ver, que está en nuestras intenciones, en nuestras dudas, en nuestros sobreentendidos, en lo más íntimo de nosotros. Eso también le aleja del divertimento, del scherzo propio de los surrealistas, aunque no del humor, porque hay en su trabajo preguntas al sujeto y al objeto (¿quién eres? ¿qué hiciste de ti mismo?).

¿Un realismo? Tal vez, siempre que aprendamos a desconfiar de nuestras certidumbres, a romper la hipocresía con la que presuponemos el espacio de lo real. Ante la primera de estas ventanas, ante cada una de estas fotos, de estas puertas abiertas en el muro de lo que creíamos real y cerrado, ¿quién no se asoma entonces, quién no quiere escapar de la jaula cuyos barrotes han de limarse con las afiladas, frágiles dudas, pan nuestro de cada día?

En el fondo, no es una fuga. Porque la vida no es sueño; este mundo no lo es, definitivamente. Por ejemplo: el neurobiólogo Antonio Damasio ha documentado una mecánica de los sentimientos en el cerebro humano. Son manifestaciones que el científico describe con paciencia y meticulosidad y que revelan cómo somos. La separación de cuerpo y alma no es exacta. Somos seres de alambicados funcionamientos cuya relación con la carne es en parte espiritual, al menos no es unívoca, es biunívoca o hasta equívoca... y también viceversa. El amor es la metáfora de nuestro fuero carnal, pero el conjunto de sensaciones que llamamos consciencia no es ajeno a la información sobre los órganos que recolecta nuestro cerebro: Damasio lo explica
con estas palabras: no nos pensamos felices o tristes, nos sentimos de esos modos, lo cual incluye recuerdos, pensamientos, emociones y... mucha información sobre el ritmo cardiaco, la presión sanguínea y el nivel de determinadas sustancias en nuestra sangre. La unidad que somos incluye todo eso. Y ese hecho no nos resta humanidad, ni espiritualidad, ni raya nuestro misterio, nuestra naturaleza.

Las obras de Madoz son estos viceversos, estas idas y vueltas por el sentido de nuestros objetos, ese entrechocar las certidumbres hasta que nacen chispas que abren de par en par los muros de nuestra realidad, al igual que nuestro interior. Como en la cámara, el interior de la persona se impresiona con el mundo, por medio de un fogonazo como el que las fotografías de Chema Madoz muestran, un universo que tiene muchas más esquinas que las cuatro sabidas, más puntos cardinales que los que indica la brújula. Así el juego se complica y nos vuelve más porosos a sus efectos.

Gotea la sed sobre la arena y dibuja círculos (en una foto anterior los círculos secaban el reflejo del cielo sobre una película de agua -película o espejo), las constelaciones del planisferio se enredan en una tela de araña (cuando antes las estrellas eran puntos blancos en el esmalte de una sartén). Dialogan los dameros del ajedrez con las teclas blanquinegras del piano, y la música, que, como nosotros, es tiempo, se escribe con agujas de reloj o se tiende en las verjas de un arco ciego. Contemplación, movimiento, viaje, muchas miradas y viceversas...

Todo encuentra su acomodo, su sentido más profundo al remover la pereza de nuestra percepción. Como Alicia en el espejo, la cámara nos enseña el otro lado de nuestra incertidumbre, la maravilla que está hecha de libertad e imaginación. Como en la infancia, no olvidemos que la imaginación trabaja con la estricta realidad (de niños lo sabíamos), pero esa inocencia de una mirada sin dobleces ni prejuicios indaga hasta en las últimas habitaciones de la sangre, que diría Lorca. Lo difícil es concretarla en imágenes, no irse por los cerros de Úbeda.

Y aquí están esas concreciones. Algo diferente nos revelan estas fotos (y nunca mejor dicho). Estos viceversos (que son reverso de verso, no ayudantes de verso) hablan una lengua antigua, mítica, sabrosa, anterior a la religión de la razón, pero con un acento muy de hoy, de ahora. Hablan como los poemas y de sus palabras manan las fuentes de nuestro propio silencio.

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IMAGENES:
1 y 3, fotos "sin título" de Chema Madoz en la muestra de la Fundación Telefónica que puede verse hasta el 21 de mayo
2: FOTO DE UN SOL/TELA DE ARAÑA, CONSTRUIDO CON ESCALERAS DE MANO POR EL ARTISTA

26 de julio de 2005

El arjé del amor


http://www.antique-book-reviews.com/Artifacts/Asian/Asian_47.html Posted by Picasa

Está a punto de aparecer en España -seamos nación o chanfaina- un libro interesantísimo que reúne toda la milenaria sabiduría erótica china. Al parecer, Siruela tiene intención de publicar la obra "La vida sexual en la antigua China", del sinólogo R. H. van Gulik, a primeros de septiembre. El libro, aparecido en 1961 en su lengua original, ya había pasado por las librerías españolas -fugazmente, puesto que pronto se agotó-, hace más de 20 años.

El índice recorre el contenido apasionado y apasionante de esta obra de erudición y delicada meticulosidad, por todas las dinastías de sus cuatro mil años de historia, por sus usos y costumbres, por la vida íntima -lo que se sabe- y la pública -lo que se cuenta- del imaginario erótico oriental. Mapa completo de los siglos de pasión acumulados, montaña inmensa de coyundas y besos como aquella montaña de amor sobre la que, según Juan Ramón, se cimentaba la Colina de los Chopos. Un derrubio, en fin, de humanidad en éxtasis y de vidas que lucieron con rareza hasta extinguirse.

Un legado impagable en estos tiempos de bombas sin porqué y odios fanáticos, porque parece muy pertinente recorrer los trayectos de tan rico aluvión como éste de la refinada y difícil amatoria china. Desde las primeras dinastías que fueron construyendo la base de este ars amandi hasta la gran eclosión de la dinastía Ming, cuya liberalidad sexual marcó profundamente la sensualidad y el refinamiento de su imperio -trasfundido en el arte, pinturas, porcelanas y finos enseres-, pasando por la reacción moralista de los seguidores de Confucio -Dios los confunda- que llegaron con la dinastía manchur de los Ching, de la que el libro muestra incluso una tabla de pecados, como si fuera un prontuario de algoritmos, donde se recuentan -no sin cierto regusto pecaminoso en la tipificación de las perversiones- los deméritos ocasionados por infringir las leyes amatorias establecidas. En realidad, es un ingenuo y repetido pecado a lo largo de la historia el empeño de los hombres por controlar volcanes con sólo describirlos... Nadie es perfecto.

Tal vez en próximos posts podamos asomarnos a la apasionante lectura que más de una blogger que conozco no va a perderse. El libro será una delicia, pues viene notablemente ilustrado con la imaginería de las diversas épocas, con la claridad formal y la delicadeza de la que China es capaz. Desde las acrobacias amatorias a la imagen de una mujer despertando dulcemente a su amante dormido... Porque la vida es sueño.

¿Y el amor?

El Tao que puede decirse ya no es el Tao

20 de julio de 2005

Visión del realismo


Johannes (protagonista de "Ordet", Dreyer, 1955) enloqueció leyendo a Sören Kierkegaard. Luego hizo su milagros Posted by Picasa

El animal parlante que somos piensa que las palabras pueden pesarse con distintas balanzas, cuando en realidad no es así. No existe un mundo místico, ni poético, ni grandioso separado por un cortafuegos del mundo "real" y prosaico. Ni el poema está separado del insulto por por el filo de ninguna aleación de metales morales ni la procacidad está separada del misterio.

La primera añagaza de quienes debilitan el valor de las palabras suele ser la distinción, la discriminación entre unas y otras, entre las palabras poéticas y las mercenarias, entre las que se lleva el viento y las que la imprenta registra para los espejismos de la posteridad, entre las que mojan pan en el chapapote político o el de la prensa cordial y hepática y las que salen de la Academia, que se suponen ya limpias, fijas y rebosantes de esplendor. La cuestión del peso y el valor de las palabras pende siempre y únicamente de nuestra conciencia.

Precisamente, es en el Libro del Esplendor, el Zohar de Moshé de León, donde figuran las palabras en su mayor desnudez esencial, porque nombrar es crear; «combinar y permutar letras es generar un movimiento interminable, una fuente continua de vida». El Zohar, libro sagrado para los hebreos que fue escrito por un judeoespañol, relata cómo «en el Principio fue la Palabra», porque el mundo surgió de las veintidós letras y diez números del alfabeto hebreo: «las letras con que el cielo y la tierra fueron creados». Si observamos el tríptico de El Jardín de las Delicias de El Bosco con las tapas cerradas veremos en la parte superior de la tapa izquierda a Dios en el momento de crear el mundo, con un libro sobre las rodillas, que contiene, claro, las palabras de la creación, las del Zohar.


La Creación del mundo en las tapas de el Jardín de las Delicias

Cábalas aparte, muchos piensan que pocas veces la palabra ha valido menos que hoy porque la gente niega sin dar ninguna excusa lo que dijo el día anterior, y también por el uso de eufemismos, uno de los pocos campos en los que nuestra civilización ha llegado a ser virtuosa. Por eso cabe recordar aquí la maravillosa pelicula de Dreyer, titulada Ordet (Palabra) -reestrenada en España estos días, donde el gran director danés se empeñó en relatarnos el poder milagroso de la palabra a través de una resurrección. Estremece esta película de veras a quienes la contemplan, porque confronta precisamente el valor neto de las palabras y su bruta utilización moderna en nuestra mente.

Pero lo más interesante es que Dreyer nos deja claro que el mundo de las palabras es uno, santo y pecador a un tiempo, que diría San Agustín. Hay que decir que el director danés era un ser inteligentísimo y discreto que, como quien no quiere la cosa, a menudo decía verdades como puños. Y una de las más impresionantes que recuerdo haber leído fue la revelación de que yerran quienes buscan la mística en un mundo sobrenatural. Escuchar esto a mí me abrió los ojos.

Para él no hay diferencia de mundos -es como discriminar entre palabras con añagazas- porque no existe un mundo parecido al surrealismo en el que la mística existe. Dreyer creía a pie juntillas que la mística, o el misterio que buscaba con sus obras, era el verdadero realismo. Conviene repetirlo para su comprensión total: el verdadero realismo.

Porque, ¿quién tiene la patente de lo que es la realidad? Cada uno mira el mundo como puede o le parece. Lo que no es lógico es que nos cueste tanto comprender que siempre miramos el mismo mundo. Si la mística está incluso en el erotismo, si lo sagrado se encuentra en la naturaleza, incluida la naturaleza humana, en perfecta vecindad con la crueldad o el humor negro.

Somos puro aluvión, la conciencia es agua turbia y nuestra mirada, a veces, sin embargo, nos esclarece. La pureza no es una cualidad inhumana. No permanece dentro de urnas de cristal. Si está en algún lugar es dentro de los humores acuosos de nuestros ojos.

Como dice el Tao, hay que aprender del agua, ser humilde donde los haya, que no tiene forma sino que adopta la de quien lo contiene, que está dispuesto a entrar en los lugares que nos parecen impuros.

17 de julio de 2005

De Madrid al cielo de Vega y Orión

Aún no era de noche. En pleno atardecer del sábado Antonio Vega subió al escenario del Conde Duque, «a la hora de las sombras largas, donde nacen los hechizos», y presentó en los Veranos de la Villa su último disco: «3.000 noches con Marga», un mar redondo de amor, pero también un océano de sol y soledad, que el fundador de Nacha Pop dirige directamente al cielo, a la constelación de Orión.

Delgadísimo, casi invisible entre la densa música, y algo encorvado, Antonio se encaramaba al mástil fiel de su guitarra, concentrado, casi sin hablar al principio; apenas un «hola, chicos» cuando llegó a escena. Abría fuego con un tema ya viejo, «Anatomía de una ola». A apartir de este punto Antonio y su grupo realizaron una sabia mezcla de las canciones de su último disco con otras ya clásicas, casi todas gobernadas por los vientos del amor.

Al principio el público los recibió con alguna frialdad. Antonio empezó vuelto hacia sí mismo, parado, con movimientos seguros, aunque mínimos, sobre la guitarra. Pero llenándolo todo con su cálida voz. Como un capitán Ahab persiguiendo su imposible, Antonio timonea lo que de lejos pudiera parecer una nave desvencijada pero que, de pronto, despliega las alas insólitas, grandes, inmensas de su música y —a toda vela, a toda Vega— alcanza los círculos lejanos de las estrellas donde vuela algún «Ángel de Orión», porque aún envía allí su amor por Marga.

Y así, mientras la noche se extendía viajamos por la banda sonora de nuestra propia vida y llegamos hasta donde alguna vez «nos llevó la imaginación con los ojos cerrados». Fueron las primeras notas de «El sitio de mi recreo» el punto de inflexión que hizo estallar en aplausos entusiastas a los miles de personas que mostraron el cariño muy especial de Madrid por Antonio Vega. Para entonces la noche era rotunda y lucía un buen puñado de estrellas. Entre Vega y Orión, sobre el cielo de Madrid, se abrían ya los «Caminos infinitos»: «Se amontonan tantos años, uno a uno y diez a diez, la luz de la mesilla ilumina hoy letras de ayer...»

Escamas de la soledad

Muchos y célebres amigos del cantante no se quisieron perder el concierto. Pero el Conde Duque rebosaba, y él seguía desgranando canciones, como «Pasa el otoño»: «Atados manos y pies al corazón que fui fiel ojalá me condenaran a la niñez». Antonio fue recorriendo sin pausa su vida hecha música entre el pasado de «Me quedo contigo», «Se dejaba llevar por ti» o «Elixir de juventud», la luminosidad de «Pueblos blancos» y la premonición de «Cada sombra en la pared» —«sombras perdidas en la multitud, la multitud de las sombras», un guiño a la oscuridad a ritmo de swing, con cuarteto de metales que se sumó a la formación en la que destacaba su siempre seguro y fiel Basilio Martí—. Así la nave nos llevó hasta los límites de un «Océano de sol».

En el Conde Duque, Antonio iba gastando púas, como quitándole escamas a su soledad, y cada vez miraba más directamente a la grada, que le jaleaba con mucho afecto. Él, chico solitario, lanzaba las púas rotas, las escamas de su soledad, hacia un público entregado, como regalos que acompañaba con una sonrisa. Parecía un niño que tirase piedrecillas a un estanque, a uno de los misteriosos lagos del tiempo, porque un día cualquiera no sabes qué hora es...

Y pareció que mirase crecer los círculos en ese agua que lava los años con canciones y empapa nuestros poros, y rompe el sueño y la soledad, otros amores, discos que abrazan y luego circundan de silencio e inteligencia las palabras. Y estuvo presente, cómo no («esta para que la cantéis», le dijo al público), la «Chica de ayer», el himno madrileño de la movida que fue compuesto en la playa de la Malvarrosa, mirando al mar de un tiempo en fuga.


Orion Posted by Picasa

¿Qué decir? Supo a poco, tal vez porque faltó alguna canción, como «Te espero», porque como siempre, como es bueno, una vez más «se quedó en el tintero la promesa de un mundo mejor»..

11 de julio de 2005

¿Qué harías tú? (La Flauta Mágica)

"Para el observador
es horrible
la ceguera del deseo,
pero para el ciego
es una luz infinita"

(lo dice Argullol en sus poemas para La Flauta Mágica en versión escénica de Jaume Plensa/ la Fura dels Baus -cuya inserción en el libreto original de Schikaneder tantos ríos de tinta ha derramado). Y habla del fuego del deseo y dice más:

"Nadie que desea
cambiaría este incendio
por un océano".

Toda la polémica con esta Flauta Mágica se resume en un mero formalismo, el de la respetable tradición. Pero el juego de rebuscar en el "tema superior" de la obra una conexión con nuestra tiniebla contemporánea es un empeño apreciable. Y eficaces son los poemas escritos por Argullol a tal efecto (aquí confronto 2):

"Te gusta, espectador,------------------"Voy a por ti
ser sólo espectador de los otros, ------espectador querido,
escondido bajo tu retina y tu oído, ---pequeño cobarde
inmune a las bacterias -----------------que crees que la trama
que a cada segundo ---------------------es siempre de los otros.
asaltan el organismo, ------------------¿Recuerdas cuando veías
impune ante el delito, -------------ante ti unas grandes avenidas
a salvo del contagio --------------------y te conformaste
de la carne de la memoria -------------con un callejón sin salida?
y de la oscura sangre ------------------¿Recuerdas cuando salías
de los presentimientos, ----------------por la noche
puro mirón del mundo, ----------------a recoger sueños
pero hoy, espectador, ------------------que luego abandonaste
ya no serás sólo espectador, -----------en la cuneta?
bajarás a la arena ----------------Recuerda aquellas sensaciones
para enfrentarte ------------------------que nunca se atrevieron
al monstruo de mil cabezas -----------a ser pensamientos,
que ha crecido en tu interior ----------aquellos pensamientos
alimentado por los años, ------------que jamás fueron palabras,
las dudas, los temores, los placeres, --aquellas palabras
el monstruo que quieres negar -------negadas en tus actos.
pero que es, espectador, ----------------No son las otras voces
lo mejor, lo más hondo, -------------las que tejen el argumento.
lo más verdadero de ti mismo, ------La representación es tuya.
un amante que ya no te soltará
mientras vivas."

Y, claro, la parte superformalista de la ópera como espectáculo burgués, como pacto frágil, como "contrato teatral de buena sociedad en el que usted me ofrece, controladas puntitas de emociones bien sabidas y yo asomo a ratos las lágrimas pero no las derramo y vuelvo reafirmado en mi actual vida...", esa parte se triza.

Algo ha de cambiarnos el arte. Debe arrojarte preguntas sobre tu vida, sobre tu lugar en el mundo: ¿Qué harías tú?

¿No es la obligación de un artista romper el muro de la hipocresía, no está ese impulso en el origen de la dramaturgia? ¿Qué quiere Antígona, cuando le dice a su padre "no tengas miedo por mí, endereza tu destino", sino trazar un círculo mágico donde todo es posible, aunque no sea probable, usual, lícito; aunque encierre peligro?

Si logran o no ese empeño, Plensa y la Fura, es otro cantar. Para mí que sí, que se acercan mucho. Sólo hay que aventurarse, escuchar, el que quiera, los armónicos de una interacción entre las palabras de Argullol y la obra de Mozart. Plensa libera la danza de la muerte de las palabras como si la serpiente que devoró a Apollinaire decidiera recorrernos libremente, se nos enroscara y llegase a estremecernos con su piel gélida. Cómo si nos interrogase, de nuevo: ¿Qué harías tú? Con el mundo, con el otro, con el deseo, contigo... "No despertéis a la serpiente", que decía Shelley.

"Siempre nos precipitamos
en el juicio ignorando
que en esta precipitación
está la auténtica maldad"

Lo dice bien Argullol y la música lo remacha. Pero el viaje está ahí. El escenario es sólo una excusa para dejarse atravesar. El público actúa como la cuarta pared del teatro y una vez que esta liturgia lo invoca como protagonista, como aludido, esa pared formal y pactada, y los otros tres muros caen reducidos a escombros. Y el deseo permanece incólume sobre los escombros, tal es su naturaleza (la nuestra).

Se abre el telon y caen los muros y está la calle, al fondo, se ven las ventanas, las calles, el trampantojo que es el teatro. Gritaba Lorca en la "Pequeña comedia sin título": "¡No dejaré que se derrame sangre de verdad junto a los muros de la mentira!"

Se abre el telón y el teatro es el espejo roto que refleja al hombre fracturado, fragmentario, real, lleno de aristas y sombras hurtadas a la simple vista.

"Mírate en el espejo más profundo:
el demonio es ese otro,
el loco es ese tipo,
el bandido,
el violador es ese rostro horrible,
el payaso es ese histrión gesticulante,
el vicioso es él
y él también, el pobre, es el tonto
tan cándido, es el idiota,
tan ingenuo, es como un niño:
rompe rápido el cristal
o deberás mirarte".

Qué aventura queda en el mundo en el que las latas y las bolsas de plástico ensucian los desiertos y las sendas del Himalaya. La única posible, a estas alturas, es la aventura del otro. El otro es otro, no puede ser alcanzado, está a una distancia que no se mide ni en años-luz.

El otro está ahí, esperando en una intersección del laberinto, esperando que tú te adelantes y le cojas la mano. El otro es como tú, es también un Minotauro de la estirpe maldita del deseo.

"El hombre lleva
la máscara del pájaro,
el pájaro la del íncubo
y el íncubo es sólo un ángel.
Y todas las criaturas enmascaradas
parecen las primeras
que hubo en el mundo
y las últimas
que lo habitarán.
Si la danza se detiene
todo se desvanecerá
pero mientras dure el baile
la música acompaña
a los soñadores".

¡Y encima suena Mozart! Es la desnuda danza del mundo, que nace y muere dentro de nosotros en cuanto callamos.

8 de julio de 2005

Antiguas y frescas palabras contra fanatismos

"Abrimos nuestra ciudad al mundo. No les prohibimos a los extranjeros que nos observen y aprendan de nosotros, aunque ocasionalmente los ojos del enemigo han de sacar provecho de esta falta de trabas. Nuestra confianza en los sistemas y en las políticas es mucho menor que nuestra confianza en el espíritu nativo de nuestros conciudadanos."

"En lugar de considerar a la discusión como una piedra que nos hace tropezar en nuestro camino a la acción, pensamos que es preliminar a cualquier decisión sabia."

"Si nos referimos a nuestras leyes, ellas garantizan igual justicia a todos, en sus diferencias privadas. En lo que respecta a las diferencias sociales, el progreso en la vida pública se vuelca en favor de los que exhiben el prestigio de la capacidad. Las consideraciones de clase no pueden interferir con el mérito. Aún más, la pobreza, no es óbice para el ascenso. Si un ciudadano es útil para servir al estado, no es obstáculo la oscuridad de su condición."

"La libertad de la cual gozamos en nuestro gobierno, la extendemos asimismo a nuestra vida cotidiana. En ella, lejos de ejercer una supervísión celosa de unos sobre otros, no manifestamos tendencia a enojarnos con el vecino, por hacer lo que le place. Y puesto que nada está haciendo opuesto a la ley, nos cuídamos muy bien de permitirnos a nosotros mismos exhibir esas miradas críticas que sin duda resultan molestas."

Palabras de Pericles, según relato de Tucídides, en el entierro de las primeras víctimas de la guerra del Peloponeso.

31 de mayo de 2005

Museo saturnal de la melancolía

Melancolía, o bilis negra, una afección que difumina las fronteras entre el cuerpo y el espíritu.

du 22 septembre 2005 au 2 janvier 2006 GALERIES DU GRAND PALAIS

"Mélancolies. Génie et folie en Occident"

Aucune disposition d'âme n'a autant inspiré les artistes en Occident que la Mélancolie. Elle est considérée depuis l'Antiquité comme le tempérament des hommes marqués par la grandeur - les Héros et les Génies. Des stèles antiques jusqu'aux œuvres contemporaines, de Dürer à Ron Mueck, en passant par La Tour, Füssli, Goya, Delacroix, Rodin, Picasso ... à travers plus de 200 œuvres, cette exposition se propose d'explorer l'iconographie et les variations de cette "humeur sacrée" et met en évidence le rôle essentiel joué par la mélancolie dans les différentes formes de la création artistique en Europe.


Jean Claire, comisario de la muestra, adelanta
algo de su contenido y espíritu en la bella revista FMR, nº 6
Posted by Hello

Jean Claire enfoca brillantemente el tema en su adelanto de lo que será el catálogo de la muestra. ¿Somos un cuerpo o lo tenemos? ¿Donde está la frontera de nosotros, ánima y carrocería?

La bilis negra, el humor tenebroso que afecta al melancólico y que excede la natural frontera de otras enfermedades que se conforman con atacar al cuerpo o afectar al ánimo, es una enfermedad muy contemporánea. Resulta que desde antiguo la conocemos y sabemos muchos modos de aplacarla. Físicamente -sea esto lo que sea-, con algunos tratamientos herbológicos, cómo no, por medio de antiguas pócimas, fármacos o infusiones naturales que facilitan la expurgación de los humores oscuros.

Pero no basta. Los grandes médicos de la historia ponen énfasis en que es el ser completo el que enferma, no sólo su cuerpo. El enfermo humanizado exige un esfuerzo integral para la curación.

Desde antiguo el caprichoso natural del hombre ha sabido calmar esta melancólica tristeza sin porqué a traves del tacto y de la vista, cuando no de otros sentidos, o de todos a la vez. Era motivo incluso en el antiguo Islam para recomendar la ingesta de vino.

Aunque lo raro de la melancolía es que no se queda en mera acidia, sino que otorga al enfermo un regusto por su estado del que solo le distraen las cosas bellas. Le distraen en la medida que le concentran, oh círculo vicioso donde los haya. Y aquí entra el museo. Objetos inútiles, bellísimos simbólicos, de significado dudoso y maleable, como el ánimo crepuscular; gemas y sustancias nobles de variado origen, desde el ambar al bezoar, desde el coral al oro, desde la madreperla al marfil. Objetos para contemplarse uno mismo mirándolos, objetos sujetos -a uno mismo-, que ceñimos a nuestros sentidos agrisados, fetiches para los días de lluvia fina o tiradas de dados trucadas para cada nueva respiración.

Puestos uno contra otro forman, qué duda cabe, un museo de rarezas maravillosas. El arte más inútil de todos. Curiosa la afinidad -que Claire destaca- con el impulso medidor del hombre que ya desde los griegos antiguos debía ser la medida de todo: abundan los compases, las escuadras, los astrolabios -con su cuadrante de sombras-, los péndulos y todo aquello que simboliza el inútil impulso humano de medir la realidad, algo que nos define como especie. Y relojes, pequeños autómatas que nos hacen soñar con ser dueños del tiempo que, tarde o temprano, más nos siega que nos sosiega.

Y en esa finitud del hombre que se acaba, está tal vez la melancolía, una afección con algo de infinito que, curiosamente, tiene una cepa hispana. "Serán ceniza mas tendrá sentido. Polvo serán..." dice el poeta que sabe que lo que llamamos rostro es muerte y que morir es en realidad dejar de morir y nacer empezar a morir. Quevedo lo mismo que Cervantes nos resume. Humor oscuro a veces, mortal como el del pobre Grisóstomo, y volcánico otras. Visceralidad y sentimentalidad son nuestras dos piernas hispanas. Don Juan (even Tenorio) enfrentándose al cosmos y a su orden inexorable no deja de ser también un objeto bello para la melancolía.

Tal vez, aunque Claire no lo cita, la exposición del Grand Palais no nos hurte un telescopio entre las mirabilia de quienes contemplaron la quietud aparente de las cosas. Porque el cielo visto con grandes aumentos se mueve muy veloz, y por ello el astrónomo debe perseguir su estrella, segundo a segundo. Inútilmente, puesto que ha de dejarle al caer en el horizonte (la dudosa luz del día) y volver a su cita a la noche siguiente. El mundo gira y gira melancólicamente.

En fin, como antes citaba a Char: "En nuestras tinieblas no hay un sitio para la Belleza. Todo el sitio es para la Belleza."

Da capo: Así que, ¿qué duda podría cabernos entonces? Porque si padecemos (de pasión) la melancolía en algún lugar de nuestro cuerpo y espíritu, ese lugar es aun de la belleza. De la oscura cordura.

29 de mayo de 2005

La lucidez es la herida más cercana al sol

Leyendo esta tarde, con ojos cada vez más abiertos. Una tarde cualquiera de un domingo, abres las páginas que René Char -acaba de aparecer su poesía en impresionante edición de Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg- escribía mientras caminaba por el mundo en guerra, emboscado, buscándole sentido a la vida de los hombres, a la muerte de los hombres... Palabras para ser calladas, mirando hacia lo lejos.

"¡Horrible jornada! He asistido, a unos cien metros de distancia, a la ejecución de B. ¡Me bastaba con apretar el gatillo del fusil ametrallador y podíamos salvarlo! Estábamos en los oteros que dominan Céreste, con los matorrales llenos de armas hasta reventar, y en número por lo menos igual a los SS. Ellos ignoraban que nos hallábamos allí. A los ojos que imploraban por todas partes en derredor mío la señal de abrir fuego respondí que no con la cabeza... El sol de junio me metía un frío polar en los huesos.
"Cayó como si no distinguiese a sus verdugos y tan ligero -así me pareció- que el menor soplo de viento lo habría alzado de la tierra.
"No di la señal porque esta aldea tenía que ser preservada a cualquier precio. ¿Qué es una aldea? ¿Una aldea semejante a otra? ¿Lo habrá sabido él en ese último instante?"

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"Roger estaba muy contento de haberse vuelto, para la estima de su joven esposa, el-marido-que-ocultaba-a-dios.
"Hoy he pasado junto al campo de girasoles cuya vista le inspiraba. La sequedad doblegaba las cabezas de las flores admirables, insípidas. Fue a pocos pasos de allí donde manó su sangre, al pie de una vieja morera, sorda con todo el espesor de su corteza."

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"¿Seremos más adelante parecidos a esos cráteres donde ya no acuden los volcanes, y amarillean los tallos de la hierba?"

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"A Ketty, la perra, le complace tanto como a nosotros recoger los envíos. Corre de uno a otro sin ladrar, sabiendo audazmente de qué va la cosa. Una vez concluida la faena, se tiende feliz sobre la duna de los paracaídas y se duerme."

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"Los niños cumplen ese milagro adorable de seguir siendo niños al tiempo que ven a través de nuestros ojos."

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"Entre el mundo de la realidad y yo, hoy no queda ya espesor triste."

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"De manera brusca, recuerdas que tienes un rostro. Los rasgos que lo modelaban no eran todos rasgos de pesadumbre, antaño. Hacia ese paisaje múltiple se alzaban seres dotados de bondad. En él la fatiga no hechizaba únicamente naufragios. La soledad de los amantes respiraba ahí. Mira. Tu espejo se ha convertido en fuego. Imperceptiblemente vuelves a tomar conciencia de tu edad (que había saltado fuera del calendario), de ese acrecentamiento de existencia con el que tus esfuerzos construirán un puente. Retrocede al interior del espejo. Si no consumes su austeridad, al menos la fertilidad no será agotada."

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"En nuestras tinieblas no hay un sitio para la Belleza. Todo el sitio es para la Belleza."

13 de mayo de 2005

Islas, traducciones, blogs


Lesbia -anagrama- (óleo del XIX) Posted by Hello

Decía Aníbal Núñez en su traducción de los poemas de Catulo:

"El traidor busca saber la cara del difunto. Y enmienda las que ha visto. Oh, Catulo afeitado con prosas perifrásticas, remedado -él tan virtuoso- por viciosos puristas que para recuperar una lengua sin pelos la privan de artificios.
He aquí de nuevo la adusta mueca del de Verona increpando a su Lesbia o contando de ella maravillas."

Están las traducciones académicas en las que la dulce Ipsitila se prepara para abrazar a Catulo nueve veces seguidas, como si de castos abrazos socráticos hubiese hablado el veronés, cuando decía "nouem continuas fotutiones". Y hubo de llegar Aníbal Núñez, como cruzando los Alpes de la hipocresía, y tradujo paladino: nueve polvos...

Por eso, y por otras cosas, hablaba de pelos en la lengua. Por la deriva filológica de nuestra inclinación admirativa hacia una naturaleza casi decorativa, desnaturalizada, y nuestra incapacidad para asumirla dentro de cada uno naturalmente. Y también decía: "Por qué se suelen envejecer con una especie de pátina las versiones de los clásicos, por qué se traduce el latín a un castellano especial para traducciones de latín. Ese afán anticuario y falsificador es imperdonable".

Por eso, en su traducción, somos contemporáneos de Catulo, un chaval de ahora mismo, un atrevido amador, profundo, arriesgado, pasional y humorado. ¿Y qué, si no, es amar, anagrama de rama, o el amor, nuestra ciudad, anagrama de Roma, nuestra isla secreta?

Construimos un mapa donde perdernos, una isla fabulosa de músicas y libros revisitados, un cielo de momentos brillantes en la oscuridad unánime del tiempo en fuga. Lo llevamos cada día, como una suave cinta anudada en la frente. Y descubrimos seres muy parecidos a nosotros que habitan esa isla, náufragos felices, contemporáneos, que nos regalan sonidos, olores, palabras, libros, blogs que nos plasman, que nos pasman, miradas... Nos hace sonreír ese secreto mundo que inventamos, a veces a nuestro pesar, y dejamos pequeñas puertas para que algo más que el aire fresco y el tiempo de palabras entre. Por eso el tiempo de continuo nos asombra.

Pasen. Hoy, estoy junto a un libro nuevo. Nicole D'Amonville Alegría, poeta de 1967 que hace honor a su nombre y apellidos, acaba de publicar "Acanto" en Lumen, un libro con arranque de sabor clásico, pero muy muy actual, y ya cuenta con la complicidad de nombres grandes de la literatura nuestra, como Gimferrer, que alaba su capacidad de "comprimir el énfasis en la elipsis y la majestad en la sencillez". Convierte una estrofa amorosa del cancionero en un interrogatorio entre sentimental y policial, reinventa el eco y nos lo pone en la lengua con un beso. Derrocha humor e inteligencia sin alarde soberbio. Y sobre todo profundidad:

"Debo morir. Y sin embargo nada muere"
ni esculpida
la muerte en tus facciones
frías tus manos, tus mejillas, frente
fría bajo mis besos,
rígidos la cabeza, el cuerpo, el alma
tuya no muere en mí.



Lugete, o Veneres Cupidinesque Posted by Hello

No es que quiera compararla a Catulo. El veronés es una excusa para limpiar la lengua de las pátinas y hablar de tradición con la mirada limpia y con los labios húmedos. Porque dice también esta Nicole:

Nube y nube, tronco con tronco,
rama en rama, el río
un horizonte que se cierra en sí
y completa una alianza.

Todo lo que aparece
el agua entrega en anillo nupcial.

Y nosotros
¿con quién copulamos?

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Pues eso, la cinta que ceñimos con las palabras islas, con las músicas islas, con los silencios islas que nos vencen, que nos apasionan. Con blogs islas, y secretos archipiélagos. Con los otros cofrades de un naufragio feliz, que también tienen islas e islas son, si bien miramos. Y dice esta Nicole en el frontispicio del libro:

El silencio aprovecha
sólo al que escucha este latido ajeno.


Pues eso, a escucharnos, a mirar el esplendor de todo lo que aparece y a preguntarnos, si a nosotros el agua entrega en anillo nupcial. Pero nosotros, ¿con quién hablaremos de política?

Roza mi mano y vámonos al mar.